¿Hasta qué punto mis padres pueden convertirse en mis amigos?

Hay un momento no definido en el tiempo en algunas familias en el que los consejos empiezan a ir en las dos direcciones. El hijo deja de acudir a sus padres solo para pedir ayuda y empieza también a dársela; aparecen conversaciones adultas que años atrás habrían sido impensables, igualdad de condiciones y una forma de hablarse cada vez más parecida a la que se tiene con un amigo. La relación, marcada hasta entonces por una clara diferencia de roles, puede ir volviéndose más horizontal a medida que el hijo gana autonomía y empieza a relacionarse con sus padres también como adulto. Si ese vínculo entre padres e hijos mantiene también características propias de la amistad, ¿hasta qué punto pueden unos padres y sus hijos adultos convertirse en amigos?

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 La llegada a la vida adulta puede transformar el vínculo vertical con nuestros progenitores en otro más simétrico y cercano a una amistad. Pero, aunque esa relación de horizontalidad se construya de forma saludable, hay un límite que no desaparece  

Hay un momento no definido en el tiempo en algunas familias en el que los consejos empiezan a ir en las dos direcciones. El hijo deja de acudir a sus padres solo para pedir ayuda y empieza también a dársela; aparecen conversaciones adultas que años atrás habrían sido impensables, igualdad de condiciones y una forma de hablarse cada vez más parecida a la que se tiene con un amigo. La relación, marcada hasta entonces por una clara diferencia de roles, puede ir volviéndose más horizontal a medida que el hijo gana autonomía y empieza a relacionarse con sus padres también como adulto. Si ese vínculo entre padres e hijos mantiene también características propias de la amistad, ¿hasta qué punto pueden unos padres y sus hijos adultos convertirse en amigos?

“Estamos en una sociedad compleja, muy cambiante e individualizada, incluso individualista. Antes había unos modelos familiares bastante homogéneos o estables. Pero ahora la característica es que hay infinidad de modelos y se podría decir que cada familia se organiza en su propio modelo”, explica Joan Tahull, doctor en Sociología, profesor y experto en transformaciones familiares.

Uno de los contextos en los que puede favorecerse una relación más horizontal es el de un estilo de crianza democrático, caracterizado por combinar límites y autoridad con escuchar al hijo, hacerlo participar y valorar su opinión: “Cuando sí hay una relación más horizontal, se dan unas características muy específicas. Por ejemplo, padres muy democráticos, involucrados, una relación más de iguales al llegar el hijo a la edad adulta… También el tener en cuenta la opinión de tus hijos y valorarlos y que ellos tengan a sus padres como referentes, no solo como autoridad, sino también por su opinión”, describe Silvia Varela, terapeuta familiar y directora de su centro de psicología. En la práctica clínica, la psicóloga asegura encontrarse con pocos casos de este tipo, pero señala del propio filtro de la terapia familiar: las relaciones familiares que han evolucionado positivamente hacia una mayor horizontalidad probablemente sean las que menos posibilidades tienen de llegar a terapia.

Más allá de las circunstancias familiares concretas, Varela considera que para llegar a este tipo de vínculo también debe existir una disposición a relacionarse de una manera menos jerárquica: “Debe haber una mentalidad de querer hacer una relación horizontal y de acompañamiento en la que todas las opiniones importan y se comparten momentos más allá del mandato familiar”.

Esa transformación también implica que los hijos cambien la forma de percibir a sus padres. El estudio Parents Perceived as Peers: Filial Maturity in Adulthood, publicado en Journal of Adult Development en 2008, analizó la madurez filial, entendida como la capacidad de los hijos adultos para percibir a sus padres como individuos con su propia historia y limitaciones, más allá del papel parental. Una mayor madurez filial se asociaba con una mejor calidad de la relación, más cercanía y autonomía. Entre los aspectos relacionados con esa madurez filial aparecían también compartir problemas con los padres, intercambiar consejos o sentir que se tienen más cosas en común con ellos.

Otra investigación publicada en 2026 en la misma revista, titulada A Qualitative Study of Parental Perspectives on Their Offspring’s Emerging Adulthood and Intergenerational Solidarity, también mostró cambios en la relación entre padres e hijos a medida que estos ganaban autonomía. La comprensión, comunicación o empatía eran aspectos que los investigadores agruparon bajo una mayor simetría relacional. Se trataba de una etapa marcada por la reorganización de los roles familiares, en la que el hijo pasaba de ocupar una posición dependiente a relacionarse como un adulto colaborador.

Según una encuesta del Pew Research Center publicada en 2024 y realizada en Estados Unidos, el 31% de los jóvenes dice depender bastante o mucho de su progenitor para recibir apoyo emocional, mientras que el 26% dice que ese mismo progenitor depende bastante o mucho de él. Además, mientras que el 48% de los hijos encuestados afirma conocer muy bien a su padre o madre más allá de su rol como progenitor, el 62% de los propios padres considera que su hijo adulto le conoce muy bien o extremadamente bien más allá de su papel de padre o madre.

En este contexto, Tahull sitúa la identidad en el centro de la forma en que se construyen las relaciones: “Cómo me siento y cómo me veo a mí mismo, qué me define como persona y cómo me ven los otros”. Y añade: “Si estás en una sociedad que te marca unas cosas como el comportamiento, dónde estás o qué hacer, la sociedad ya te lo está indicando. Pero en una sociedad compleja, diversa, que no te marca esos tránsitos, es el individuo quien tiene que construirse de forma individual su identidad”.

A esa libertad para construir los propios vínculos se suma que las etapas de la vida se han alargado y han perdido parte de la rigidez que tenían décadas atrás. Tahull recuerda que “cada vez vivimos más tiempo” y que, si hace 50 años muchos acontecimientos vitales sucedían antes, hoy “el trabajo o los estudios se alargan mucho”. Estos cambios pueden llevar también a que los roles entre padres e hijos se adapten a situaciones y momentos vitales cada vez más diversos. Todo ello puede requerir que el vínculo deba reajustarse con el paso del tiempo, apunta Tahull: “Es una relación bastante precaria: pasan muchas cosas, continuamente hay sorpresas y se tiene que ir reajustando”.

Sin embargo, que una relación parezca más horizontal no significa que sea siempre saludable. En algunos casos, Varela observa que una menor diferencia generacional puede coincidir con dinámicas familiares más problemáticas, especialmente cuando se han desdibujado los roles entre madre e hija: “Es una relación que se convierte un poco en insana. Son madres jóvenes que tienen hijas que llegan, imagínate, a los 15 años… Ahí probablemente haya una hija parentalizada que sistémicamente se subió de lugar cuando no le correspondía y llega a una edad en la que es ella casi la que manda”.

Incluso cuando esa horizontalidad se construye de forma saludable, Varela considera que hay un límite que no termina de desaparecer. “Nunca he visto que se pierda la relación paternofilial y se convierta solo en una relación de amistad. No parece fácil porque hay una historia detrás, no es una amistad que conoces de cero”, afirma la psicóloga. Parte de lo que dificulta que el vínculo pase a convertirse simplemente en una amistad tiene que ver con elementos que solo aparecen por pertenecer a una misma familia. “Hay una serie de lealtades, deudas o condicionantes que son propios de las relaciones familiares”, añade.

La llegada de los hijos a la edad adulta puede modificar así un vínculo construido durante años sobre posiciones diferentes al introducir una mayor reciprocidad. Eso no implica necesariamente que ese vínculo pase a convertirse en una amistad como cualquier otra ni que desaparezca la historia familiar que los une. Varela lo resume así: “Es muy difícil que eso pueda ser una amistad en el sentido más puro de la palabra, pero sí puede haber una relación más horizontal”.

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