Independiente y progresista en cuestiones sociales, quedó tocado desde que sufrió un derrame cerebral durante la campaña de 2022 y se ha acercado tanto a los republicanos que se especula con que cambie de partido Leer Independiente y progresista en cuestiones sociales, quedó tocado desde que sufrió un derrame cerebral durante la campaña de 2022 y se ha acercado tanto a los republicanos que se especula con que cambie de partido Leer
El senador John Fetterman, de 57 años, es una de las figuras más singulares, controvertidas y dífíciles de explicar de la actualidad estadounidense. Un independiente, en teoría progresista y en teoría alineado en voto con los demócratas, que sin embargo en los últimos años ha dado un giro pronunciado, acercándose cada vez más a los republicanos y a Trump, hasta el punto de haber enviado este miércoles un inesperado mensaje de apoyo en vídeo a sus rivales, a sólo 55 días de las elecciones, para ser transmitido en la Convención de Dallas (Texas), indignando a muchos de sus votantes, irritando a sus compañeros y provocando una revisión urgente de las matemáticas electorales de cara a los comicios de noviembre y al ahora menos probable sorpasso en la Cámara Alta.
Fetterman siempre ha sido particular, y eso es precisamente lo que lanzó su carrera. Es un hombre alto, grande, lleno de tatuajes, con pinta de motero o aficionado al metal, en pantalón corto, sudaderas con capucha y ropa de trabajo de la marca Carhartt en un mundo de trajes, corbatas y formalismo. Alguien que apareció como aire fresco en un circuito encorsetado. Popular por decir lo que pensaba y salirse de lo convencional. Por ser un americano corriente en un negocio aristocrático como la política.
Antes de dedicarse a la política se formó en Harvard y se instaló en Braddock, una localidad industrial de Pensilvania devastada por la desindustrialización, donde trabajó como voluntario social. En 2006 se convirtió en su alcalde y llevó a la televisión nacional un discurso sobre el abandono de la América que había levantado el país en fábricas y pueblos y pequeñas ciudades, convirtiéndose en un personaje mediático con recursos y capacidad de recaudación, algo clave para derrotar al muchísimo más conocido Mehmet Oz en 2022.
Esa campaña quedó ya marcada por un derrame cerebral que sufrió semanas antes de las primarias, del que se recuperó casi milagrosamente. Pero que le dejó secuelas auditivas que le obligaron a usar subtítulos en directo durante los debates. Poco después, ya como senador electo, en 2023 ingresó voluntariamente en el hospital Walter Reed por una depresión clínica severa, un episodio que trató con inusual franqueza y que le valió reconocimiento por visibilizar la salud mental en la política. Sin embargo, y aquí empieza lo decisivo, quienes lo conocen y quienes trabajaron con él sostienen que desde entonces no volvió a ser el mismo.
Formalmente sigue siendo demócrata, pero se ha distanciado tanto de su partido —apoyando a la polémica Kristi Noem como secretaria de Seguridad Nacional, negándose a bloquear la financiación del gobierno pese a las protestas por las operaciones de ICE, y amenazando con dejar el partido si este adopta una postura crítica con Israel— que muchos lo describen como demócrata solo de nombre. Pero su voto es clave y puede definir la política estadounidense hasta 2028, dando aire al Gobierno de Trump en sus horas más bajas.
Las encuestas indican que los demócratas tienen muchas opciones de recuperar el control de la cámara baja en noviembre, pero necesitan arrebatar cuatro escaños en manos republicanas para recuperar también la mayoría del Senado. Si Fetterman se pasara al Partido Republicano, como se especula constantemente, o si simplemente decide alinearse con ellos de forma recurrente, los demócratas necesitarían un escaño adicional para controlar la cámara, algo muy complicado. Una hipotética mayoría de 51-49 (que exigiría unidad total a los progresistas para poder legislar), le daría a Fetterman un poder desproporcionado durante 24 meses.
Él ha dicho por activa y por pasiva que no cambiará de partido porque su respaldo a los sindicatos, los derechos LGBTQ, el aborto y otras causas de la izquierda y la clase trabajadora hacen incompatible su llegada a los Republicanos. Pero si sigue votando con ellos como hasta ahora (para evitar el cierre de gobierno federal, apoyando a los nominados de Trump, o resistiendo a exigir el fin de la guerra con Irán) el resultado será el mismo.
En mayo de 2024, el jefe de gabinete del senado. Adam Jentleson, envío una larga carta al director médico de la unidad de lesiones cerebrales y neuropsiquiatría de Walter Reed —el mismo hospital donde Fetterman se había tratado su depresión-, expresando su preocupación por la salud mental de su jefe. En ella decía que había desarrollado un «pensamiento conspirativo», «megalomanía» y divagaciones constantes. New York Magazine reveló la carta en 2025, en un reportaje mucho más amplio en el que contaba detalles como que Fetterman había dicho «mátenlos a todos» en una reunión con un grupo judío progresista al hablar de Gaza. O que discutía con su esposa Gisele por su postura sobre Israel, que se había saltado revisiones médicas, que conducía de forma temeraria provocando accidentes y que había comprado un arma de fuego.
Fetterman respondió, como siempre desde entonces, calificando todo de falacias «ex empleados descontentos». Pero las últimas semanas han traído su peor crisis. Un reportaje del Wall Street Journal, sostenido con el testimonio de más de una docena de miembros de su staff y cientos de mensajes de texto e emails internos, lo acusa de faltar sistemáticamente a reuniones con electores, víctimas y colectivos vulnerables y desatender su trabajo legislativo mientras cultiva su presencia en medios conservadores. «Paso», decía en muchas ocasiones. «No me encuentro bien», para salir poco después en directo.
Igualmente, los medios han publicado la extraña relación del senador con David Dovi Safier, un recaudador de fondos para causas judías ortodoxas que se convirtió en asesor cercano y no oficial de Fetterman. Según reveló New York Magazine en hace unos meses, Safier tiene una influencia «inusualmente grande» sobre el senador a medida que este se fue aislando de sus colegas y asesores oficiales, hasta el punto de participar en reuniones sensibles, incluidas llamadas con el propio primer ministro israelí Benjamin Netanyahu — pese a no tener ningún cargo formal en su oficina. La publicación de ese reportaje coincidió con la dimisión de la jefa de gabinete de Fetterman, Cabelle St. John, que llevaba en el cargo solo desde junio.
Sus últimos excolaboradores, los que han acudido a la prensa han creado estos una cuenta anónima en redes sociales prometiendo más revelaciones jugosas, como que tuvieron que destruir un argumentario enviado por la embajada de Israel, con el que el senador pensaba escribir una tribuna de opinión, al considerar que algo así podía violar las leyes federales sobre injerencia extranjera. Fetterman ha respondido calificando todo de «calumnias» de «empleados descontentos», mientras insisten en que baraja presentarse a la reelección en 2028.
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