El FesTVal de Vitoria-Gasteiz acogió el encuentro Los Desayunos de la Academia: Actuar en series, dedicado al oficio de interpretar y auspiciado por la Academia de Televisión.
Natalia Sánchez, Luis Merlo e Irene Esser compartieron con el público sus experiencias profesionales en torno al trabajo en la ficción televisiva: cómo se construyen los personajes, los retos de los rodajes y las realidades menos glamurosas de una carrera marcada por la intermitencia y la inseguridad financiera y cómo se enfrentan a los periodos sin proyectos y a la gestión económica de unos ingresos tan irregulares.
Uno de los momentos más reveladores llegó cuando se les preguntó por los trabajos alternativos o las inversiones a las que han recurrido cuando no tenían contratos como actores. Irene Esser no dudó en hablar con franqueza de su estrategia familiar:
«Me metí en la empresa de mi familia. En mi primera telenovela todo el dinero que me gané, ni lo pensé y compré acciones de la empresa de mi familia, que es una empresa de chocolates. En momentos donde no he tenido trabajo he sacado dinero de esa empresa. Económicamente tienes que manejarte muy bien. Y a veces los actores no queremos hablar de esto, pero el tema económico es muy, pero muy importante en nuestra carrera, porque de repente ganamos en cuatro meses muchísimo dinero y luego podemos estar sin trabajar diez meses o más», hacía ver.
Luis Merlo quiso ampliar el foco y recordar que no todos parten del mismo lugar. Desde el reconocimiento del privilegio de ser un actor consagrado y con una buena posición laboral, apuntó a una realidad más dura que muchos actores viven en silencio:
«Hablamos desde el privilegio, pero hay otra realidad. Y es una realidad que es muy difícil cuando eres actor y tienes que trabajar por ejemplo de repartidor y entregas pizzas a domicilio y con eso te pagas tu carrera de actor. Esta es una profesión vocacional», exponía.
Para Merlo, la vocación es el motor que sostiene a quienes combinan la interpretación con empleos precarios para poder seguir formándose o manteniéndose a flote mientras esperan el siguiente casting o rodaje.
Natalia Sánchez, por su parte, ofreció un contraste marcado por la suerte de haber empezado muy joven y de contar con un entorno familiar que le permitió no preocuparse por el dinero desde el principio. La actriz se dio a conocer en Los Serrano (2003-2008), cuando solo tenía 12 años.
«Tuve la gran suerte de empezar muy pequeñita y nunca supe lo que cobraba, porque mis padres decían que no había necesidad de que lo supiera. Todos los compañeros lo sabían y yo pues en las conversaciones decía ‘no lo sé’ y no se lo acababan de creer. Pero de verdad no lo sabía», explicaba.
«Y eso es una suerte porque quiere decir que tus padres no lo necesitan para vivir y que lo pudieron gestionar y que me trataron igual que a mis hermanos», revelaba. «Me siguieron pagando el teléfono hasta que tuve 19 años y eso me dejó empezar de otra manera, ser muy consciente de que esta profesión hay que ser una hormiguita, porque he visto a muchos compañeros por el camino ganar mucho dinero, no solamente cuatro meses, sino mucho, mucho tiempo, y cada vez que lo han ganado lo han gastado», ejemplificaba.
«Y lo que hace falta es educación financiera, en todos los ámbitos, porque no la tenemos. Esto en nuestra profesión es especialmente duro. Las sequías en las que no entra nada y de pronto cuando entra entra mucho, pues muy bien. Gracias. Yo tuve suerte y pude ir haciendo camino», ponía de manifiesto.
Natalia Sánchez: «Nunca supe cuánto cobraba por Los Serrano… y fue una suerte»
El FesTVal de Vitoria-Gasteiz acogió el encuentro Los Desayunos de la Academia: Actuar en series, dedicado al oficio de interpretar y auspiciado por la Academia de Televisión.
Natalia Sánchez, Luis Merlo e Irene Esser compartieron con el público sus experiencias profesionales en torno al trabajo en la ficción televisiva: cómo se construyen los personajes, los retos de los rodajes y las realidades menos glamurosas de una carrera marcada por la intermitencia y la inseguridad financiera y cómo se enfrentan a los periodos sin proyectos y a la gestión económica de unos ingresos tan irregulares.
Uno de los momentos más reveladores llegó cuando se les preguntó por los trabajos alternativos o las inversiones a las que han recurrido cuando no tenían contratos como actores. Irene Esser no dudó en hablar con franqueza de su estrategia familiar:
«Me metí en la empresa de mi familia. En mi primera telenovela todo el dinero que me gané, ni lo pensé y compré acciones de la empresa de mi familia, que es una empresa de chocolates. En momentos donde no he tenido trabajo he sacado dinero de esa empresa. Económicamente tienes que manejarte muy bien. Y a veces los actores no queremos hablar de esto, pero el tema económico es muy, pero muy importante en nuestra carrera, porque de repente ganamos en cuatro meses muchísimo dinero y luego podemos estar sin trabajar diez meses o más», hacía ver.
Luis Merlo quiso ampliar el foco y recordar que no todos parten del mismo lugar. Desde el reconocimiento del privilegio de ser un actor consagrado y con una buena posición laboral, apuntó a una realidad más dura que muchos actores viven en silencio:

«Hablamos desde el privilegio, pero hay otra realidad. Y es una realidad que es muy difícil cuando eres actor y tienes que trabajar por ejemplo de repartidor y entregas pizzas a domicilio y con eso te pagas tu carrera de actor. Esta es una profesión vocacional», exponía.
Para Merlo, la vocación es el motor que sostiene a quienes combinan la interpretación con empleos precarios para poder seguir formándose o manteniéndose a flote mientras esperan el siguiente casting o rodaje.
Natalia Sánchez, por su parte, ofreció un contraste marcado por la suerte de haber empezado muy joven y de contar con un entorno familiar que le permitió no preocuparse por el dinero desde el principio. La actriz se dio a conocer en Los Serrano (2003-2008), cuando solo tenía 12 años.
«Tuve la gran suerte de empezar muy pequeñita y nunca supe lo que cobraba, porque mis padres decían que no había necesidad de que lo supiera. Todos los compañeros lo sabían y yo pues en las conversaciones decía ‘no lo sé’ y no se lo acababan de creer. Pero de verdad no lo sabía», explicaba.
«Y eso es una suerte porque quiere decir que tus padres no lo necesitan para vivir y que lo pudieron gestionar y que me trataron igual que a mis hermanos», revelaba. «Me siguieron pagando el teléfono hasta que tuve 19 años y eso me dejó empezar de otra manera, ser muy consciente de que esta profesión hay que ser una hormiguita, porque he visto a muchos compañeros por el camino ganar mucho dinero, no solamente cuatro meses, sino mucho, mucho tiempo, y cada vez que lo han ganado lo han gastado», ejemplificaba.
«Y lo que hace falta es educación financiera, en todos los ámbitos, porque no la tenemos. Esto en nuestra profesión es especialmente duro. Las sequías en las que no entra nada y de pronto cuando entra entra mucho, pues muy bien. Gracias. Yo tuve suerte y pude ir haciendo camino», ponía de manifiesto.
20MINUTOS.ES – Televisión
