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Hay una ironía brutal en el calendario. El mismo día que la AIReF advierte a España de que incumplirá la regla de gasto tanto nacional como europea en 2026 –con el déficit elevado al 2,6% del PIB y todas las comunidades autónomas salvo La Rioja desbordando los límites-, el mundo intenta digerir los vaivenes de Trump. Y el inventor de este caos es el mismo país cuya deuda pública roza ya el 121% del PIB, camino del 140% según el FMI, con déficits proyectados entre el 5% y el 7% del PIB hasta 2035. El predicador del libre mercado lleva décadas sin practicar la disciplina fiscal. Y ahora nos pide que nos adaptemos a sus consecuencias.
Europa, en lugar de extraer la lección correcta, parece tentada por la respuesta equivocada. Alemania reformó su freno de deuda en marzo. La Comisión moviliza 800.000 millones en rearme. Cada shock externo se convierte en coartada para gastar más. Keynes, convenientemente citado a medias, aparece siempre en la parte del estímulo y nunca en la del consolidar cuando llegan las vacas gordas. El problema es que las vacas gordas, en Europa, hace tiempo que no llegan.
España ilustra el diagnóstico. El gasto computable de las administraciones centrales crece al 4,8%, casi dos puntos por encima del compromiso. Casi todas las comunidades autónomas llevan dos años consecutivos incumpliendo. El ajuste necesario para cumplir la regla nacional supera los 12.000 millones. Son deuda que pagará el contribuyente futuro, intereses que desplazan sanidad y educación, margen fiscal que se evapora justo cuando más se necesitaría.
Esto es ya viejo. Cuando Roma devaluó el denario para financiar guerras y clientelismo, los ciudadanos lo pagaron en inflación y colapso institucional. La escala es diferente; el mecanismo, el mismo. El gasto público sin ancla fiscal no es generosidad: es una transferencia silenciosa desde el contribuyente presente hacia el acreedor futuro, desde el que trabaja hacia el que especula con deuda soberana. Cada punto de déficit que se normaliza hoy es un punto de margen que desaparece cuando llegue la próxima crisis, y las crisis, como demuestra este abril, no avisan.
Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que generalmente se cree. El problema es que en Europa hemos seleccionado solo las ideas cómodas: gastar en crisis, gastar para crecer, gastar para competir, gastar para rearmar. La disciplina fiscal se ha convertido en un debate robado al contribuyente, decidido por quienes gastan sin rendir cuentas inmediatas ante quienes pagan. Nadie vota en el Consejo ECOFIN.
La regla de gasto no es austeridad. Es el reconocimiento de que los recursos son finitos y que el coste del dinero público tiene nombre propio: el ciudadano que lo generó. Cuando la AIReF alerta hoy de riesgo de incumplimiento en un contexto de «elevada incertidumbre», no está haciendo tecnocracia aséptica. Está diciendo lo que nadie en el Gobierno quiere oír: que la casa no está en orden, y que los temporales se afrontan mejor desde la solidez que desde el endeudamiento. Estados Unidos lo sabe demasiado tarde. Europa aún está a tiempo de no repetir el error.
Francisco Rodríguez Fernándezes Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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