La actualidad no nos da tregua. Incluso nos acompaña en la cama desde un teléfono móvil que se ha convertido en nuestra relación más fiel. Le contamos todo. Le hacemos caso a casi todo. Pasamos con el dedo por sus reels, por sus tuits y nos quedamos allá donde la emoción se nos excita. Así nos vamos convirtiendo en fanáticos más que ciudadanos críticos. Cual afición de un equipo de fútbol del mundial, jaleamos a los nuestros, deshumanizamos a los contrarios e incluso elegimos vehemencia a verdad. Porque en las redes sociales siempre habrá alguien dispuesto a dar la razón a nuestros deseos. Aunque sea con un fake. Los periodistas también nos contagiamos de ese fervor de vivir la actualidad como un reality show. Tanto que la búsqueda de la objetividad parece demodé. Y ni siquiera está penado estar sometido a una causa. Al contrario, se premia a aquellos que se posicionan al máximo. Porque los artistas de la polarización van alcanzando su objetivo: domesticarnos desde el individualismo que confunde libertad con sálvese quién pueda y periodismo con defensores.
Mercaderes de las corrientes de opinión que saben que para manipular mejor el primer paso es derribar los puentes. Táctica básica en las guerras y, de otra manera menos literal, sucede con los profesionales de la información. Los que priorizan el contexto honesto a su opinión personal son señalados. No dicen lo que se quiere oír: mejor desacreditarlos. «Vendidos». «Cloacas». «Fachas». Lo que demuestra una infantilización social a causa de una sobreinformación donde la irritación paraliza la cordura, donde la honradez cauta, por momentos, hasta parece quedar en tierra de nadie. El ruido consigue esa percepción.
Los periodistas debemos gestionar las emociones para que no arrastren con la credibilidad de nuestro oficio. Ahí es cuando siempre se habla de la necesidad de pluralidad en los medios, de la importancia de contrastar fuentes plurales, de invertir en tiempo para elaborar las crónicas. Pero, ademas, hay dos palabras decisivas que son esenciales para allanar el camino hacia un periodismo riguroso, responsable, moderno y empático. Estas dos red flags son: sacralizar y condescendencia.
Cuando se sacraliza se pierde completamente el pulso de la información. Ni siquiera se ayuda a los protagonistas de la actualidad, enfrentándolos a una ejemplaridad perversa que siempre se vuelve en contra. Porque cuando te lanzan al cielo luego solo queda decepcionar. Lo hemos visto con la visita del papa a España. La catarsis colectiva por el acontecimiento frenó la mirada reflexivas. Son las que aportan los matices que aportan conocimiento. Sin embargo, nos quedábamos en el vacío de “qué buena gente es el papa” y «qué fervor popular despierta”. Lo propagandístico arrasa con el periodismo y sepulta el análisis de la estrategia sociopolítica que escondía un viaje perfecto para impulsar la imagen de Leon XIV. Esta pérdida de rumbo periodístico se vio de especial forma cuando el papamóvil entró en las instalaciones de TVE. Un narrador se puso en tono súbdito y relató la emoción de los trabajadores de Televisión Española por tal aparición sorpresa. Lo noticioso de ese instante es explicar que se ha elegido ese lugar por seguridad. También se recalcó, pero el entusiasmo es contagioso y se priorizó el tópico sensiblero, digno del No-do, de lo «felices que estaban los trabajadores de RTVE con la aparición». Cuando ahí no estaba la noticia verídica. Uno se podía referir a la curiosidad lógica de los profesionales de la cadena pública. Pero convertirles en feligreses es simplemente irreal. Incluso condescendiente, la otra palabra que resume tantos problemas.
De la condescendencia nacen las segregaciones sociales. Muy habitual también en el infotainment, que se llena la boca con historias de superación, héroes sin capa y personitas especiales. Hay diminutivos que reducen a personas completas a un peliagudo paternalismo del que se alimentan los prejuicios y la estigmatización. Esta práctica de tratar con una postura de superioridad moral e intelectual es más habitual de lo que debería con colectivos que han sido históricamente vulnerables. Así se les revictimiza sin darnos cuenta. Lo contemplamos demasiado cuando se pregunta como si fuera un niño pequeño a una persona con discapacidad, cuando se reduce a un complemento exótico o al «ay, es muy sensible» a una persona LGTBI o cuando se regala ropa vieja a personas en África “porque son felices con tan poco”. Son tres ejemplos clásicos. Pero hay casos así, a diario, en cualquier medio de comunicación, retratando cómo el sentimentalismo desde los clichés del privilegio pisotea al periodismo riguroso. El periodismo que intenta entender hasta lo que no entiende, que intenta aprender donde otros solo sentencian, que intenta trabajar con más pronto que prisa.
La emoción excitada de las redes está anulando el periodismo clásico.
La actualidad no nos da tregua. Incluso nos acompaña en la cama desde un teléfono móvil que se ha convertido en nuestra relación más fiel. Le contamos todo. Le hacemos caso a casi todo. Pasamos con el dedo por sus reels, por sus tuits y nos quedamos allá donde la emoción se nos excita. Así nos vamos convirtiendo en fanáticos más que ciudadanos críticos. Cual afición de un equipo de fútbol del mundial, jaleamos a los nuestros, deshumanizamos a los contrarios e incluso elegimos vehemencia a verdad. Porque en las redes sociales siempre habrá alguien dispuesto a dar la razón a nuestros deseos. Aunque sea con un fake. Los periodistas también nos contagiamos de ese fervor de vivir la actualidad como un reality show. Tanto que la búsqueda de la objetividad parece demodé. Y ni siquiera está penado estar sometido a una causa. Al contrario, se premia a aquellos que se posicionan al máximo. Porque los artistas de la polarización van alcanzando su objetivo: domesticarnos desde el individualismo que confunde libertad con sálvese quién pueda y periodismo con defensores.
Mercaderes de las corrientes de opinión que saben que para manipular mejor el primer paso es derribar los puentes. Táctica básica en las guerras y, de otra manera menos literal, sucede con los profesionales de la información. Los que priorizan el contexto honesto a su opinión personal son señalados. No dicen lo que se quiere oír: mejor desacreditarlos. «Vendidos». «Cloacas». «Fachas». Lo que demuestra una infantilización social a causa de una sobreinformación donde la irritación paraliza la cordura, donde la honradez cauta, por momentos, hasta parece quedar en tierra de nadie. El ruido consigue esa percepción.
Los periodistas debemos gestionar las emociones para que no arrastren con la credibilidad de nuestro oficio. Ahí es cuando siempre se habla de la necesidad de pluralidad en los medios, de la importancia de contrastar fuentes plurales, de invertir en tiempo para elaborar las crónicas. Pero, ademas, hay dos palabras decisivas que son esenciales para allanar el camino hacia un periodismo riguroso, responsable, moderno y empático. Estas dos red flags son: sacralizar y condescendencia.
Cuando se sacraliza se pierde completamente el pulso de la información. Ni siquiera se ayuda a los protagonistas de la actualidad, enfrentándolos a una ejemplaridad perversa que siempre se vuelve en contra. Porque cuando te lanzan al cielo luego solo queda decepcionar. Lo hemos visto con la visita del papa a España. La catarsis colectiva por el acontecimiento frenó la mirada reflexivas. Son las que aportan los matices que aportan conocimiento. Sin embargo, nos quedábamos en el vacío de “qué buena gente es el papa” y «qué fervor popular despierta”. Lo propagandístico arrasa con el periodismo y sepulta el análisis de la estrategia sociopolítica que escondía un viaje perfecto para impulsar la imagen de Leon XIV.Esta pérdida de rumbo periodístico se vio de especial forma cuando el papamóvil entró en las instalaciones de TVE. Un narrador se puso en tono súbdito y relató la emoción de los trabajadores de Televisión Española por tal aparición sorpresa. Lo noticioso de ese instante es explicar que se ha elegido ese lugar por seguridad. También se recalcó, pero el entusiasmo es contagioso y se priorizó el tópico sensiblero, digno del No-do, de lo «felices que estaban los trabajadores de RTVE con la aparición». Cuando ahí no estaba la noticia verídica. Uno se podía referir a la curiosidad lógica de los profesionales de la cadena pública. Pero convertirles en feligreses es simplemente irreal. Incluso condescendiente, la otra palabra que resume tantos problemas.
De la condescendencia nacen las segregaciones sociales. Muy habitual también en el infotainment, que se llena la boca con historias de superación, héroes sin capa y personitas especiales. Hay diminutivos que reducen a personas completas a un peliagudo paternalismo del que se alimentan los prejuicios y la estigmatización. Esta práctica de tratar con una postura de superioridad moral e intelectual es más habitual de lo que debería con colectivos que han sido históricamente vulnerables. Así se les revictimiza sin darnos cuenta. Lo contemplamos demasiado cuando se pregunta como si fuera un niño pequeño a una persona con discapacidad, cuando se reduce a un complemento exótico o al «ay, es muy sensible» a una persona LGTBI o cuando se regala ropa vieja a personas en África “porque son felices con tan poco”.Son tres ejemplos clásicos. Pero hay casos así, a diario, en cualquier medio de comunicación, retratando cómo el sentimentalismo desde los clichés del privilegio pisotea al periodismo riguroso. El periodismo que intenta entender hasta lo que no entiende, que intenta aprender donde otros solo sentencian, que intenta trabajar con más pronto que prisa.
20MINUTOS.ES – Televisión
