Cuando una amiga le pasó a Marina una publicación de redes sociales de su psicóloga hablando de un caso sospechosamente parecido al suyo, le dio un vuelco el corazón. No había datos personales, pero Marina se sintió reconocida en las palabras de su terapeuta, y el hecho de que su amiga se lo hubiera enviado no hacía más que confirmar que su percepción estaba fundada. “Me sentí expuesta, no solo porque era como si estuviera contando mi historia, sino porque además los comentarios estaban llenos de gente opinando”, asegura ella, que contactó de inmediato con su psicóloga pidiéndole explicaciones y que borrara el vídeo. “Me dijo que no había datos identificativos y que era legal, pero que sentía cómo me había sentido. No borró la publicación”, lamenta. Marina decidió no seguir su proceso con esa terapeuta y buscó otra “que no tuviera redes”.
Con el auge de las cuentas y los contenidos sobre salud mental que siguen miles de usuarios, se producen cada vez más situaciones que ponen a prueba la ética de los profesionales. La protección de datos y el código deontológico por el que deben regirse imponen ciertos límites
Cuando una amiga le pasó a Marina una publicación de redes sociales de su psicóloga hablando de un caso sospechosamente parecido al suyo, le dio un vuelco el corazón. No había datos personales, pero Marina se sintió reconocida en las palabras de su terapeuta, y el hecho de que su amiga se lo hubiera enviado no hacía más que confirmar que su percepción estaba fundada. “Me sentí expuesta, no solo porque era como si estuviera contando mi historia, sino porque además los comentarios estaban llenos de gente opinando”, asegura ella, que contactó de inmediato con su psicóloga pidiéndole explicaciones y que borrara el vídeo. “Me dijo que no había datos identificativos y que era legal, pero que sentía cómo me había sentido. No borró la publicación”, lamenta. Marina decidió no seguir su proceso con esa terapeuta y buscó otra “que no tuviera redes”.
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