Madonna baila contra el olvido de la nostalgia

Lo ha vuelto a hacer. Hasta los que creen reírse de ella acaban imitándola. Y se ponen un plástico rosa encima, como en la portada de su último álbum. Porque Madonna siempre favoreció el meme. Incluso cuando todavía quedaban cuatro décadas para entender tal palabro. Pero su nuevo Confessions II no es un emoji: es su mejor trabajo en dos décadas.

Algunos dirán que es un autohomenaje. Ella puede, desde luego. Aunque, en realidad, el disco va mucho más allá del hedonismo y recuerda de dónde ha brotado siempre la fuerza de Madonna: en la memoria como forma imprescindible para crecer mejor. Así mira atrás para coger carrerilla recordando dónde y cómo se inició todo. La canción número cinco, Danceteria, es simbólicamente el retorno a ese local de Nueva York en el que debutó en julio de 1983. Hace justo ahora 43 años. En aquel punto de encuentro de la cultura del undeground neoyorkino, con provocación y cierta inconsciencia, la que fuera llamada reina del pop comenzó a romper techos. Hasta actuar en la azotea del legendario club nocturno. El mundo empezaba a estar a sus pies.

Danceteria ya no existe. Pero, como los lugares los hacemos las personas, Madonna lo devuelve al presente con su capacidad de invertir en recuerdos para convertirlos en futuro. Un arte que ha entrenado desde bien joven. No obstante, Madonna siempre ha transformado la iconografía de la tradición en modernidad, dando la vuelta como un calcetín a los prejuicios de la sociedad. También ahora, cuando los del edadismo la piden que se retire. Y ella va y nos regala otra experiencia dance de largo recorrido para una civilización abreviada en estribillos de usar y tirar. Al contrario, este álbum es para escuchar sin los acelerones de la prisa. Este álbum es todo lo que no cabe en un vídeo de TikTok.

Confessions II representa la música que nos envuelve para danzar, para escuchar, para acompañar, para refugiarse en los traspiés de la vida. La propia Madonna lo hace en este trabajo en el que transpira la madurez fruto de las cicatrices del crecer que has aprendido a no dejarte escondidas dentro. Fragile es el echar de menos, el dolor por la pérdida del hermano que murió, Christopher Ciccone; Betrayal es las madrastras y madrastros de donde venimos y The Test, con su hija Lourdes Leon, abraza el intercambio generacional que nunca ha dejado escapar Madonna.

La curiosidad, el aprendizaje, la provocación, la rebeldía, la reconciliación, la contradicción, el «hacer lo que podemos» para no dejar de marcar nuestro propio paso. Madonna continúa libre entre ataduras. Madonna no deja de crecer y sigue sonando todo el rato a hoy. Incluso sonando a mañana. Hasta cuando hace una secuela de Confessions (2005) deja claro que no necesita el marketing de la nostalgia, pues ella utiliza la memoria para seguir atreviéndose, para continuar siendo por encima de estando. Así Madonna jamás vivirá de las rentas, Madonna Louise Ciccone es leal a Madonna con todas sus consecuencias.

 ‘Confessions II’ es su mejor trabajo en dos décadas.  

Lo ha vuelto a hacer. Hasta los que creen reírse de ella acaban imitándola. Y se ponen un plástico rosa encima, como en la portada de su último álbum. Porque Madonna siempre favoreció el meme. Incluso cuando todavía quedaban cuatro décadas para entender tal palabro. Pero su nuevo Confessions II no es un emoji: es su mejor trabajo en dos décadas.   

Algunos dirán que es un autohomenaje. Ella puede, desde luego. Aunque, en realidad, el disco va mucho más allá del hedonismo y recuerda de dónde ha brotado siempre la fuerza de Madonna: en la memoria como forma imprescindible para crecer mejor. Así mira atrás para coger carrerilla recordando dónde y cómo se inició todo. La canción número cinco, Danceteria, es simbólicamente el retorno a ese local de Nueva York en el que debutó en julio de 1983. Hace justo ahora 43 años. En aquel punto de encuentro de la cultura del undeground neoyorkino, con provocación y cierta inconsciencia, la que fuera llamada reina del pop comenzó a romper techos. Hasta actuar en la azotea del legendario club nocturno. El mundo empezaba a estar a sus pies.

Danceteria ya no existe. Pero, como los lugares los hacemos las personas, Madonna lo devuelve al presente con su capacidad de invertir en recuerdos para convertirlos en futuro. Un arte que ha entrenado desde bien joven. No obstante, Madonna siempre ha transformado la iconografía de la tradición en modernidad, dando la vuelta como un calcetín a los prejuicios de la sociedad. También ahora, cuando los del edadismo la piden que se retire. Y ella va y nos regala otra experiencia dance de largo recorrido para una civilización abreviada en estribillos de usar y tirar.  Al contrario, este álbum es para escuchar sin los acelerones de la prisa. Este álbum es todo lo que no cabe en un vídeo de TikTok.

Confessions II representa la música que nos envuelve para danzar, para escuchar, para acompañar, para refugiarse en los traspiés de la vida. La propia Madonna lo hace en este trabajo en el que transpira la madurez fruto de las cicatrices del crecer que has aprendido a no dejarte escondidas dentro. Fragile es el echar de menos, el dolor por la pérdida del hermano que murió, Christopher Ciccone; Betrayal es las madrastras y madrastros de donde venimos y The Test, con su hija Lourdes Leon, abraza el intercambio generacional que nunca ha dejado escapar Madonna.

La curiosidad, el aprendizaje, la provocación, la rebeldía, la reconciliación, la contradicción, el «hacer lo que podemos» para no dejar de marcar nuestro propio paso. Madonna continúa libre entre ataduras. Madonna no deja de crecer y sigue sonando todo el rato a hoy. Incluso sonando a mañana. Hasta cuando hace una secuela de Confessions (2005) deja claro que no necesita el marketing de la nostalgia, pues ella utiliza la memoria para seguir atreviéndose, para continuar siendo por encima de estando. Así Madonna jamás vivirá de las rentas, Madonna Louise Ciccone es leal a Madonna con todas sus consecuencias.

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