Veinte años ha cumplido el festival Olmedo Clásico, y una serie de fotografías de actores y actrices que han formado parte de esta aventura se expone en la Corrala Palacio del Caballero, para recordarnos de dónde venimos. Realizadas por Pío Baruque, hijo y nieto de fotógrafos afincados en Olmedo, podemos ver, entre otros, a Concha Velasco en el papel de Reina Juana -una de sus últimas grandes creaciones-, a José Sacristán caracterizado como Don Quijote, a Arturo Querejeta con la corona de Ricardo III o a Rafael Álvarez ‘El Brujo’, uno de los actores más fieles al festival. Son el testimonio de un recorrido, una ‘foto de familia’ que da la medida de los artistas que han mantenido y mantienen la escena española en lo más alto. Todos ellos pasaron por este escenario al aire libre.
Hasta este festival han llegado espectáculos tan redondos como El lindo Don Diego, de Agustín Moreto, en una acertada traslación hasta una playa italiana, con sus casetas de colores y sus bombillas de feria. La aparición de Alfonso Lara, ataviado como un peripuesto Don Diego, causó exclamación y carcajada colectiva. No fue la única, porque el retrato compuesto por el actor madrileño de este personaje, narcisista y vanidoso como pocos, fue de gran riqueza y sentido cómico. Memorable actuación. El vestuario del ególatra contrasta con el más humilde del resto de personajes, acentuando la distancia norte-sur que siempre ha marcado a Italia. La escena en que Don Diego se pavonea en traje de baño, mientras sigue con su retahíla de autohalagos, es uno de esos momentos impagables de esta función.
Estamos en la Italia de los años cincuenta y ese ambiente se evoca desde la música: una pegadiza melodía calabresa interpretada por Mariano Estudillo -espléndido como Mosquito durante toda la obra-; y también el precioso tema, Il cielo in una stanza, de Gino Paoli -el autor de Sapore di sale- que interpretó Inés González mientras la llevaban en volandas en una pequeña coreografía. Estas y otras transiciones resultaron oportunas, sacando partido al trasiego de puertas que se abren y cierran, de sencillos movimientos y juegos de luz. Federico Fellini o Eduardo de Filippo nos vienen a la mente en este contexto de una Italia recién salida de la II Guerra Mundial. Dejamos aquí una de las canciones citadas; interpretada por Mina.
Don Diego es un figurón sin igual en nuestro teatro áureo, quizás una mezcla de arquetipos de la Commedia dell’Arte, como Il Capitano –un fanfarrón ridículo que se jacta de proezas bélicas, probablemente nunca libradas-, o L’Innamorato, –un narciso pagado de sí mismo, aderezado como una dama presumida-. La conexión de la obra de Agustín Moreto con aquel teatro popular italiano se observa también en la pareja de Mosquito y Beatriz -impecable, Luna Mayo-, que nos recuerda al tándem Arlequín y Colombina. Dos personas avispadas y simpáticas, enamoradas y cómplices, capaces de ganarse la vida aprovechando cualquier resquicio. Completando el afortunado elenco, Alba Recondo, con su facilidad para la comedia, y una convincente Gloria Albalate, bordan sus papeles de hija y madre. Un reparto estupendo para una comedia a la que auguramos exitosa gira.
El festival también proporciona momentos para la reflexión y el encuentro, habitualmente en el Centro de Artes Escénicas San Pedro, una iglesia barroca convertida en teatro. Allí nos encontramos con Borja Rodríguez, director de El lindo Don Diego, y los actores Alfonso Lara y Gloria Albalate, al día siguiente de su actuación en la Corrala. Lara apuntó un detalle bien interesante de su personaje: más allá de su egolatría, de su vanidad, de su narcisismo, él ve en Don Diego a una persona de gran ingenuidad; un inocente lleno de humanidad. «¿Por qué no podemos sentirnos bellos al mirarnos a un espejo, independientemente de nuestros cuerpos, sin dejarnos llevar por los modelos que nos imponen? Quiérete a ti mismo es el mensaje que nos deja». No es mal camino, sino sana aspiración.
En otras jornadas, repletas de estudiantes universitarios interesados en el universo teatral, hubo un coloquio con Silvia Marsó, Lucía Quintana y Carmen Conesa, moderado por David Felipe Arranz, sobre el modo en que el cine español ha atendido -o más bien desatendido, salvo raras excepciones-, al teatro clásico. Seguimos esperando a nuestro Kenneth Brannagh, que nunca llega.
Varios periodistas (Rosana Torres, Raúl Losánez, Daniel Galindo y María Victoria Niño), a partir de la pregunta ¿Qué será de los clásicos en los próximos veinte años?, analizaron el papel de la prensa, la educación y la cultura en nuestra sociedad, aunque sin ánimo de convertirse en pitonisas. Ante tanta incertidumbre, lo mejor es ir a lo seguro, a la verdad del papel impreso, como el que proporciona La tienda de Lope, librería de Olmedo que dispone una cuidada selección de títulos en el vestíbulo del Teatro San Pedro, como extensión de su establecimiento.
En ocasiones, los textos clásicos no son lo que parecen o al menos no fueron escritos por quien se creía. Es lo que sucedió con La estrella de Sevilla, drama atribuido históricamente a Lope de Vega que, tras análisis filológicos, se constató haber salido de la pluma de Andrés de Claramonte, autor murciano cinco años menor que Lope. La estilometría es una herramienta que permite fijar la autoría con mucha precisión, basándose en la frecuencia de aparición de ciertas palabras en los textos, y esto nos lleva a uno de directores del festival, Germán Vega -el otro es Benjamín Sevilla-, uno de los mayores especialistas en esa metodología. Su contribución es fundamental para afianzar la normalización del uso de las herramientas que permiten estos estudios, y así adjudicar la autoría con certeza.
Una interesante propuesta con el nombre de Claramonte, firmada por María Rodríguez, se presentó en el festival para glosar esa trayectoria que lleva de Lope a Claramonte. En cualquier caso, seguro que Don Félix no nos lo tiene en cuenta, dada su ingente producción. La obra está interpretada por tres actores que hacen un estupendo trabajo (Alejandra Lifante, Marcos Montagud y Joan Serrano), e intercala algunas escenas de la obra original, donde se narran los avatares del rey Sancho IV de Castilla para conseguir los favores de su enamorada, con la intrahistoria del estudio filológico del texto por un grupo de estudiosos. El enlace es muy atractivo, estimulante en buena parte del desarrollo, mientras que el montaje sonoro resulta muy cuidado y las escenas se resuelven con precisa factura. No falta algo de música y hasta un bolero clásico, Nosotros, que interpreta con estilo Alejandra Lifante, centrando su mirada en Andrés de Claramonte. Hablando de certidumbres, una de las frases que se repiten en esta obra es ‘Sólo hay certezas en la ficción’.
Como despedida de esta crónica olmedana, que recoge tan solo un par de días intensos en la ciudad, no podemos olvidar al grupo Morboria, habitual en este festival, veteranos artistas con kilómetros en cada bota y cada pluma del sombrero. Ellos presentaron un texto de Rojas Zorrilla muy celebrado de nuestro Siglo de Oro: Entre bobos anda el fuego (1638). Con un tono muy cercano al público, una austera escenografía y modesto vestuario, fían todo su buen hacer a una estilo claramente reconocible, sin extravagancias escénicas, más allá de que una guitarra eléctrica acompañe toda la acción con sus subrayados musicales. Mil enredos y un trabajo estimable de la compañía al completo -aunque el resultado no fuera tan afinado como en otras ocasiones- consiguieron imprimir buen humor a esta historia de amoríos imposibles, con la honestidad de una compañía que sigue siendo necesaria.
Una vez más, Olmedo ofrece el encanto de unas noches que congregan a vecinos y forasteros alrededor de un escenario, junto a las murallas de la ciudad, bajo ese cielo al que se refería Mina en su canción. Celebrando la ingenuidad como característica humana a reivindicar, pero también el estudio filológico como herramienta que nos permite reconocer con más exactitud el legado de nuestros maestros, e impulsando la nueva creación asentada en ese conocimiento. Siempre abriendo un espacio para el encuentro, el diálogo y posibilidad de debatir sobre la pasión que nos atrae año tras año, haciendo que nuestro Teatro Clásico se mantenga vivo.
Crónica de un par de jornadas en el festival Olmedo Clásico, que finaliza el domingo 26 de julio su vigésima edición en la localidad vallisoletana
Veinte años ha cumplido el festival Olmedo Clásico este año, y una serie de fotografías de actores y actrices que han formado parte de esta aventura se expone en la Corrala Palacio del Caballero, para recordarnos de dónde venimos. Realizadas por Pío Baruque, hijo y nieto de fotógrafos afincados en Olmedo, podemos ver, entre otros, a Concha Velasco en el papel de Reina Juana -una de sus últimas grandes creaciones-, a José Sacristán caracterizado como Don Quijote, a Arturo Querejeta con la corona de Ricardo III o a Rafael Álvarez ‘El Brujo’, uno de los actores más fieles al festival. Son el testimonio de un recorrido, una ‘foto de familia’ que da la medida de los artistas que han mantenido y mantienen la escena española en lo más alto.
Hasta este festival han llegado espectáculos tan redondos como El lindo Don Diego, de Agustín Moreto, en una acertada traslación hasta una playa italiana, con sus casetas de colores y sus bombillas de fiesta. La aparición de Alfonso Lara, ataviado como un peripuesto Don Diego, causó exclamación y carcajada colectiva. No fue la única, porque el retrato compuesto por el actor madrileño de este personaje, narcisista y vanidoso como pocos, fue de gran riqueza y sentido cómico. Memorable actuación. El vestuario del ególatra contrasta con el más humilde del resto de personajes, acentuando la distancia norte-sur que siempre ha marcado a Italia. La escena en que Don Diego se pavonea en traje de baño, mientras sigue con su retahíla de auto halagos, es uno de esos momentos impagables de esta función.

Estamos en la Italia de los años cincuenta y ese ambiente se evoca desde la música: una pegadiza melodía calabresa interpretada por Mariano Estudillo -espléndido como Mosquito durante toda la obra-; y también el precioso tema, Il cielo in una stanza, de Gino Paoli -el autor de Sapore di sale– que interpretó Inés González mientras la llevaban en volandas en una pequeña coreografía. Estas y otras transiciones resultaron oportunas, sacando partido al trasiego de puertas que se abren y cierran, de sencillas coreografías y juegos de luz. Federico Fellini o Eduardo de Filippo nos vienen a la mente en este contexto de una Italia recién salida de la II Guerra Mundial.
Don Diego es un figurón sin igual en nuestro teatro áureo, quizás una mezcla de arquetipos de la Commedia dell’Arte, como Il Capitano –un fanfarrón ridículo que se jacta de proezas bélicas, probablemente nunca libradas-, o L’Innamorato, ¡un narciso pagado de sí mismo, aderezado como una dama presumida-. La conexión de la obra de Agustín Moreto con aquel teatro popular italiano se observa también en la pareja de Mosquito y Beatriz -impecable, Luna Mayo-, que nos recuerdan al tándem Arlequín y Colombina. Dos personas avispadas y simpáticas, capaces de ganarse la vida aprovechando cualquier resquicio. Alba Recondo, con su facilidad para la comedia, y una convincente Gloria Albalate, bordan sus papeles de hija y madre. Un reparto estupendo para una comedia a la que auguramos exitosa gira.
El festival también proporciona momentos para la reflexión y el encuentro, habitualmente en el Centro de Artes Escénicas San Pedro, una iglesia barroca convertida en teatro. Allí nos encontramos con Borja Rodríguez, director de El lindo Don Diego, y los actores Alfonso Lara y Gloria Albalate, al día siguiente de su actuación en la Corrala. Lara apuntó una interpretación bien interesante de su personaje: más allá de su egolatría, de su vanidad, de su narcisismo, él ve en Don Diego a una persona de gran ingenuidad; un inocente lleno de humanidad. «¿Por qué no podemos sentirnos bellos al mirarnos a un espejo, independientemente de nuestros cuerpos, sin dejarnos llevar por los modelos que nos imponen?». No es mal camino ni sana aspiración.
En otras jornadas hubo un coloquio con Silvia Marsó, Lucía Quintana y Carmen Conesa, moderado por David Felipe Arranz, sobre el modo en que el cine español ha atendido -o más bien desatendido, salvo raras excepciones-, al teatro clásico,. Seguimos esperando a nuestro Kenneth Brannagh, que nunca llega.

Varios periodistas (Rosana Torres, Raúl Losánez, Daniel Galindo y María Victoria Niño), a partir de la pregunta ¿Qué será de los clásicos en los próximos veinte años?, analizaron el papel de la prensa, la educación y la cultura en nuestra sociedad, aunque sin ánimo de convertirse en pitonisas. Ante tanta incertidumbre, lo mejor es ir a lo seguro, a la verdad del papel impreso, como el que proporciona La tienda de Lope, librería de Olmedo que dispone una cuidada selección de títulos en el vestíbulo del Teatro San Pedro, como extensión de su establecimiento.
En ocasiones, los textos clásicos no son lo que parecen o al menos no fueron escritos por quien se creía. Es lo que sucedió con La estrella de Sevilla, drama atribuido históricamente a Lope de Vega que, tras análisis filológicos, se constató haber salido de la pluma de Andrés de Claramonte, autor murciano cinco años menor que Lope. La estilometría es una herramienta que permite fijar la autoría con mucha precisión, basándose en la frecuencia de aparición de ciertas palabras en los textos, y esto nos lleva a uno de los dos directores del festival, Germán Vega -el otro es Benjamín Sevilla-, uno de los mayores especialistas en esa metodología. Su contribución fue fundamental para afianzar la firma de Andrés de Claramonte en aquella estrella sevillana.

Una interesante propuesta con el nombre de Claramonte, firmada por María Rodríguez, se presentó en el festival para glosar esa trayectoria errática de un texto que Lope nunca escribió. En cualquier caso, seguro que no nos lo tiene en cuenta, dada su ingente producción. La obra está interpretada por tres actores que hacen un estupendo trabajo (Alejandra Lifante, Marcos Montagud y Joan Serrano), e intercala algunas escenas de la obra original, donde se narran los avatares del rey Sancho IV de Castilla para conseguir los favores de su enamorada, con la intrahistoria del estudio filológico del texto. El enlace es muy atractivo, estimulante en buena parte del desarrollo, mientras que el montaje sonoro resulta muy cuidado y las escenas se resuelven con precisa factura. No falta algo de música y un bolero clásico, Nosotros, que interpreta con estilo Alejandra Lifante, centrando su mirada en Andrés de Claramonte. Hablando de certidumbres, una de las frases que se repiten en esta obra es ‘Sólo hay certezas en la ficción’.
Como despedida de esta crónica olmedana, que recoge tan solo un par de días intensos en la ciudad, no podemos olvidar al grupo Morboria, habitual en este festival. Ellos presentaron un texto de Rojas Zorrilla muy celebrado de nuestro Siglo de Oro: Entre bobos anda el fuego (1638). Con un tono muy cercano al público, una austera escenografía y modesto vestuario, fían todo su buen hacer a una estilo claramente reconocible, sin extravagancias escénicas, más allá de que una guitarra eléctrica acompañe toda la acción con sus subrayados musicales. Mil enredos y un trabajo estimable de la compañía al completo -aunque el resultado no fuera tan atinado como en otras ocasiones- consiguieron imprimir buen humor a esta historia de amoríos imposibles.

Una vez más, Olmedo ofrece el encanto de unas noches que congregan a vecinos y forasteros alrededor de un escenario, en esta ocasión celebrando la ingenuidad como característica humana a reivindicar, el rigor científico que nos permite conocer con más exactitud las obras que nos legaron nuestros maestros de la escritura teatral, y la posibilidad de debatir sobre la pasión que nos atrae año tras año.
20MINUTOS.ES – Cultura
