El sabio veredicto de mi abuela sobre ‘Rueda la letra’

A sus 95 años, mi abuela tiene una rutina televisiva que no suele fallar. Desde 1997, sintoniza cada sobremesa con Saber y Ganar. Iba yo entonces al instituto. Con greñas. Ahora en mi cabeza hay más ideas que pelo. Y hasta he sido jurado del Premio Nacional de Televisión al lado de Jordi Hurtado.

Pero ella sigue ahí, fiel a la cita con la curiosidad de la primera vez. También leal a Jorge Javier Vázquez. Cuando termina el concurso creado por Sergi Schaaff, pasa, rauda, a Telecinco: en busca de su “vivales” de cabecera. Como llama a Jorge Javier. Porque siempre ha sido una defensora de la ironía. Y la compañía televisiva, si pasas muchas horas en casa, es más disfrutona si viene con la complicidad de la corrosión más que con los sobresaltos de la conmoción. Jorge Javier es sinónimo de la espontaneidad transparente. Mi abuela sonríe con su mordacidad honesta.

Aunque, en las dos últimas temporadas, cambiaba rápido a Antena 3 a eso de las siete y media de la tarde. No fuera a ser que Pasapalabra empezara antes. Y se lo perdiera. Otro hábito que nunca olvida, como gran jugadora de crucigramas y sopas de letras. Desde el 2000 está dándole al rosco. Aunque sea cuadrado. Con Silvia Jato, con Constantino Romero, con Jaime Cantizano, con Christian Gálvez, con Roberto Leal. Ni siquiera me descuelga el teléfono entre ocho y nueve de la noche.

Con la llegada de Rueda la letra pensé que igual modificaba costumbres. Justo al terminar Jorge Javier, se iba a encontrar con el regreso del rosco original en un programa que imita por completo a Pasapalabra. Le pregunté: ¿lo estás siguiendo? Y me regaló el mejor veredicto que representa la irrelevancia del programa: “No, pues es lo mismo pero más feo”, me sintetizó. Resumió en un titular tantos análisis. Está claro: aunque Telecinco atesore la prueba original, la audiencia observa una mala copia: no han sabido modernizar el concurso y transmite anacronismo. Por mala luz, que no ilumina la gracia de los concursantes. Los entristece. Por depresivas tonalidades de colores escogidos, que empequeñecen lo que debería contagiarse de apoteósico. Y porque la tele no es repetir lo mismo obsesivamente. La tele, sobre todo, es descubrir nuevos lugares en los que reconocernos. En los que nos gustaría estar. Incluso hacer pandilla.

Rueda la letra es tan descaradamente similar y, al mismo tiempo, tan desentrenado en comparación con Pasapalabra que, en vez de desgastar a su rival al adelantarse una hora a su horario, nos suena a un desesperado viaje al pasado. Un pasado de éxito que ya no existe. Y las sabias abuelas quieren vivir futuro. Están de vuelta de todos y no tienen segundos qué malgastar en sucedáneos.

 La tendencia en audiencias del programa de Telecinco es negativa en su primera semana de emisión. La prueba del rosco no ha servido de tirón.  

A sus 95 años, mi abuela tiene una rutina televisiva que no suele fallar. Desde 1997, sintoniza cada sobremesa con Saber y Ganar. Iba yo entonces al instituto. Con greñas. Ahora en mi cabeza hay más ideas que pelo. Y hasta he sido jurado del Premio Nacional de Televisión al lado de Jordi Hurtado.  

Pero ella sigue ahí, fiel a la cita con la curiosidad de la primera vez. También leal a Jorge Javier Vázquez. Cuando termina el concurso creado por Sergi Schaaff, pasa, rauda, a Telecinco: en busca de su “vivales” de cabecera. Como llama a Jorge Javier. Porque siempre ha sido una defensora de la ironía. Y la compañía televisiva, si pasas muchas horas en casa, es más disfrutona si viene con la complicidad de la corrosión más que con los sobresaltos de la conmoción. Jorge Javier es sinónimo de la espontaneidad transparente. Mi abuela sonríe con su mordacidad honesta.

Aunque, en las dos últimas temporadas, cambiaba rápido a Antena 3 a eso de las siete y media de la tarde. No fuera a ser que Pasapalabra empezara antes. Y se lo perdiera. Otro hábito que nunca olvida, como gran jugadora de crucigramas y sopas de letras. Desde el 2000 está dándole al rosco. Aunque sea cuadrado. Con Silvia Jato, con Constantino Romero, con Jaime Cantizano, con Christian Gálvez, con Roberto Leal. Ni siquiera me descuelga el teléfono entre ocho y nueve de la noche.

Con la llegada de Rueda la letra pensé que igual modificaba costumbres. Justo al terminar Jorge Javier, se iba a encontrar con el regreso del rosco original en un programa que imita por completo a Pasapalabra. Le pregunté: ¿lo estás siguiendo? Y me regaló el mejor veredicto que representa la irrelevancia del programa: “No, pues es lo mismo pero más feo”, me sintetizó. Resumió en un titular tantos análisis. Está claro: aunque Telecinco atesore la prueba original, la audiencia observa una mala copia: no han sabido modernizar el concurso y transmite anacronismo. Por mala luz, que no ilumina la gracia de los concursantes. Los entristece. Por depresivas tonalidades de colores escogidos, que empequeñecen lo que debería contagiarse de apoteósico. Y porque la tele no es repetir lo mismo obsesivamente. La tele, sobre todo, es descubrir nuevos lugares en los que reconocernos. En los que nos gustaría estar. Incluso hacer pandilla.

Rueda la letra es tan descaradamente similar y, al mismo tiempo, tan desentrenado en comparación con Pasapalabra que, en vez de desgastar a su rival al adelantarse una hora a su horario, nos suena a un desesperado viaje al pasado. Un pasado de éxito que ya no existe. Y las sabias abuelas quieren vivir futuro. Están de vuelta de todos y no tienen segundos qué malgastar en sucedáneos.

 20MINUTOS.ES – Televisión

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