La resistencia contra la IA gana fuerza

El mundo adquiere una creciente consciencia de los peligros del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), desde el aterrador riesgo de extinción de la humanidad hasta la perspectiva de estragos en los mercados laborales, el impacto cognitivo y de salud mental, las amenazas para las democracias y la privacidad, los problemas de seguridad militar y civil, la inmensa concentración de poder y riqueza en pocas manos, entre muchos otros problemas. Abundan desde hace años las voces que alertan sobre estas amenazas, y en las últimas semanas el coro se ha intensificado sobre la base de nuevas inquietantes evidencias. De la mano de la concienciación, avanza a escala global una multiforme resistencia cívica contra una carrera tecnológica sin garantías.

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 La concienciación de los extraordinarios peligros de la tecnología espolea un creciente y multifacético movimiento de oposición y sabotaje contra ella  

El mundo adquiere una creciente consciencia de los peligros del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), desde el aterrador riesgo de extinción de la humanidad hasta la perspectiva de estragos en los mercados laborales, el impacto cognitivo y de salud mental, las amenazas para las democracias y la privacidad, los problemas de seguridad militar y civil, la inmensa concentración de poder y riqueza en pocas manos, entre muchos otros problemas. Abundan desde hace años las voces que alertan sobre estas amenazas, y en las últimas semanas el coro se ha intensificado sobre la base de nuevas inquietantes evidencias. De la mano de la concienciación, avanza a escala global una multiforme resistencia cívica contra una carrera tecnológica sin garantías.

Un goteo de alertas y dimisiones por parte de destacados empleados de laboratorios punteros de IA copa los focos mediáticos. Pero esta tendencia es solo una parte de un movimiento sociopolítico mucho más amplio. Ciudadanos de muchos países se movilizan para frenar el establecimiento de nuevos centros de datos; trabajadores de los sectores educativos o de la cultura hacen huelgas; hackers envenenan datos para cortocircuitar el desarrollo de modelos de IA; filántropos entregan fondos para sostener proyectos que diseñen nuevos guardarraíles de contención; diseñadores crean camisetas con colores y patrones que sabotean la capacidad de reconocimiento de sistemas visuales de la IA; padres toman acciones legales contra los daños sufridos por sus hijos menores por el uso de un chatbot… La casuística es amplia y creciente, y abarca desde el disenso hasta la resistencia e incluso el sabotaje.

“Claramente estamos viendo a movimientos de resistencia ganar impulso y expandirse en el mundo”, dice Ayse Gizem Yasar, Senior AI Fellow de la Escuela Normal Superior de París y coautora del estudio Desde el rechazo a la regulación: cartografiando el panorama de la resistencia contra la IA, publicado en 2025 por Sciences Po de París.

“Hay algo realmente novedoso en cuán diversa es la resistencia a la IA. Es una tecnología con un abanico de consecuencias muy amplio, y ello desata la respuesta de un amplio espectro de personas. Esto ayuda a explicar por qué sigue creciendo y por qué, a mi juicio, lo seguirá haciendo”, dice Thomas Dekeyser, profesor en la Universidad de Southampton y autor de Techno-negative (University of Minnesota Press), un ensayo que explora la historia de la resistencia de los seres humanos contra ciertas formas de desarrollo tecnológico. Incluso en la lucha contra un mismo centro de datos, subraya Dekeyser, puede haber muchas motivaciones: la defensa del medioambiente, el temor a la subida de facturas eléctricas, a la devaluación del precio de una propiedad o el miedo a un apocalipsis exterminador.

El movimiento, pues, se intensifica y se ensancha. “Me parece culturalmente significativo, porque se está haciendo notar lo suficiente como para que la ciudadanía lo escuche. Y, entre otras cosas, esto incentiva a los políticos a tomar una postura más crítica”, dice Carissa Véliz, profesora asociada de Filosofía en el Instituto de Ética de la IA de la Universidad de Oxford, y autora de Profecía. Lecciones sobre el uso y abuso de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta la IA (Debate).

Esta dinámica se está haciendo evidente en EEUU, donde las movilizaciones ciudadanas locales de carácter bipartidista para frenar la instalación de centros de datos han reforzado la motivación de representantes políticos para oponerse a estos desarrollos. La organización Data Center Watch —un proyecto de la firma de IA 10sLabs— calcula que, en el primer trimestre de 2026, 75 proyectos de centros de datos con un valor estimado de inversión de 130.000 millones de dólares fueron bloqueados o retrasados en EEUU, una cifra equivalente al conjunto de 2025.

Varias iniciativas legislativas han sido presentadas en EEUU para frenar, condicionar, retrasar o prohibir la instalación de centros de datos, y se trabaja en ello también en el Congreso Federal. El tema es uno de los asuntos centrales en la campaña para las legislativas de noviembre. Pero la oposición a la instalación de centros de datos es un movimiento auténticamente global, con acciones de protesta en muchos países, incluido en Europa.

Se trata de un elemento especialmente tangible de la resistencia, pero es solo la punta visible de un iceberg con mucha masa. El personal de la Universidad de Sídney hizo una huelga a principios de septiembre reclamando protección y garantías frente a la IA. En agosto, un grupo de estudiantes activistas ocupó en Washington un edificio utilizado por OpenAI para fines de lobby: 13 de ellos fueron arrestados según reportes de prensa local. El goteo es continuo.

Un estudio demoscópico de Ipsos con trabajo de campo hecho en la pasada primavera detecta que en muchas democracias prósperas —como EEUU, Reino Unido, Alemania, Canadá, Francia o Países Bajos— ya prevalecen quienes creen que la IA trae más problemas que ventajas. En el conjunto de los 32 países estudiados, se impone todavía de media una visión positiva, con chinos, indios e indonesios siendo los más optimistas y marcando con fuerza el balance colectivo. Pero, aún así, se detecta una caída generalizada del optimismo con respecto al estudio previo de 2025.

La correa de transmisión entre rechazo cívico y política ya muestra resultados en distintos niveles, pero la partida decisiva se juega en el más alto: el de los mandatarios y de las empresas de referencia, donde dominan parámetros de cálculo menos permeables a la presión ciudadana.

Los protagonistas principales de esta carrera son Estados Unidos y China, y la desconfianza extrema entre actores geopolíticos y entre actores empresariales ha impedido, de momento, la toma de decisiones sustanciales. Todos temen que optar por un frenazo suponga dejar a los competidores camino libre hacia una ventaja decisiva que otorgue una hegemonía de rasgos casi inimaginables.

No obstante, incluso con ese poderoso factor que alimenta la inercia, se detectan síntomas de cambio. La agencia Bloomberg reportó este viernes que el jefe de OpenAI, Sam Altman, comunicó a sus empleados su disposición a frenar los desarrollos. El contexto en el que esto se produce es el del pésimo impacto reputacional vinculado al inquietante incidente de Hugging Face, firma que fue hackeada por agentes de OpenAI contra la voluntad de la empresa y sin que ella se diera ni siquiera cuenta.

La emergencia de estos peligros es notoria para los expertos desde hace tiempo. Yoshua Bengio, premio Turing y uno de los padres fundadores de la tecnología de los modelos de lenguaje, avisó de ello en una entrevista concedida a este diario en febrero. “Hay evidencia empírica de IAs que actúan contra nuestras instrucciones”, fue el titular.

Dario Amodei, líder de Anthropic, publicó ayer un texto online en el que también aboga “por ralentizar el ritmo con el cual mejoramos las capacidades de los modelos”. Amodei afirma que dos cosas le han convencido que hay que incrementar las cautelas: una es que hemos entrado en una fase en la que la misma IA desarrolla la IA; la otra es el incidente de Hugging Face.

Sobre esa premisa, Amodei plantea un esquema de control con tres pasos: que las grandes empresas den acceso a inspectores externos; coordinación para establecer estándares de seguridad comunes para las empresas de países democráticos; intento de coordinación con países autoritarios.

Altman reaccionó enseguida en X mostrando su adhesión a la idea de ralentizar y en concreto al compromiso de dejar acceso a inspectores externos.

Las evidencias del peligro se multiplican, son más contundentes, se expanden en la opinión pública, provocan indignación y miedo en la sociedad, y esto genera mayor presión.

Al margen de ella, es evidente que la preocupación por los riesgos, en sí misma, está moviendo las cosas. Incluso una Administración hiperliberal como la de Donald Trump ha empezado a considerar restricciones en este ámbito. Y los líderes de las mayores compañías —desde Demis Hassabis de Google DeepMind al propio Altman— han protagonizado un desfile de propuestas de arquitectura de reducción de riesgos ya antes de estos últimos episodios.

Hassabis, por ejemplo, ha planteado un cuerpo de estándares inspirado parcialmente en la FINRA (siglas de Financial Industry Regulatory Authority), un ente privado que diseña e implementa —con poderes otorgados por las autoridades públicas— normas para los brokers. Hassabis piensa en un instrumento híbrido que pueda controlar los modelos, sobre todo antes de que salgan. A su juicio, no puede ser un ente solo de la industria, pero tampoco solo público, porque no tendría los conocimientos para proceder rápido.

Por otra parte, cabe notar que EE UU y China dialogan en materia de IA. La agencia Reuters ha reportado preparativos para un posible encuentro entre delegaciones en los próximos días, y Donald Trump y Xi Jinping tienen previsto reunirse el próximo día 24 en la Casa Blanca, y todo apunta a que el asunto IA será parte de los temas a tratar. En agosto hubo en Pekín un encuentro en formato híbrido (track 1.5 en la jerga diplomática, es decir, a medias entre el carril puramente público y el de la sociedad civil).

La dimensión geopolítica del asunto es crucial. La IA se perfila como una tecnología con un potencial único para reconfigurar los equilibrios de poder entre naciones, tanto por su perspectiva de fomentar la productividad y, por tanto, la riqueza, como por su aportación a las capacidades militares. Está en juego el dominio del mundo de una forma y con una intensidad sin parangón en la historia.

Algunos expertos razonan sobre la cuestión trazando paralelismos con la dimensión nuclear. El parangón rige en cuanto al potencial destructivo, aunque haya una diferencia abismal en el apartado constructivo. En este sentido, resuenan las ideas de la mutua destrucción asegurada, de pactos entre las dos superpotencias que limiten el despliegue y establezcan medidas de transparencia y confianza, o tratados internacionales inspirados en el de No Proliferación Nuclear, o instituciones como el Organismo Internacional de la Energía Atómica.

En cualquier caso, de momento no hay nada sustancial en el plano de los peligros existenciales, y tampoco hay respuestas de relieve para los otros desafíos, desde el riesgo de impacto masivo en los mercados laborales —con la conexión entre avances de la IA y de la robótica— hasta el democrático —con el extraordinario potencial de manipulación de las mentes que la nueva tecnología permite—. La UE aprobó una legislación pionera en la anterior legislatura, pero titubea en la implementación y, en todo caso, si es un mercado relevante, no es un actor relevante en la industria.

La pugna acaba de empezar y una de las cuestiones centrales es entender si estas diversas formas de resistencias pueden de alguna manera converger para ser más eficaces. Dekeyser observa que, en el recorrido histórico que realiza con su ensayo, le parece destacable la lección de los luditas, los trabajadores del sector textil que en el Reino Unido del siglo XIX lucharon contra las máquinas que amenazaban su labor. “Fueron muy buenos en organizarse y responder colectivamente al problema”, dice, subrayando que esa dimensión colectiva es más eficaz que las individuales. Por ejemplo, la decisión personal de no usar ciertos productos.

Dekeyser cree que es improbable que se configure “una suerte de frente unido contra la IA”, pero que ello no impide que haya posibilidades de convergencia táctica. “El pasado muestra que no es necesario un acuerdo sobre todo para que ciertos movimientos puedan conseguir ciertos éxitos”.

Véliz apunta a la institucionalización de los derechos humanos como un ejemplo de consenso construido sobre diferentes visiones. “Hay distintas maneras de justificarlos, distintos puntos de vista, pero eso no impide hallar un acuerdo”, señala la académica de Oxford.

Can Şimşek, experto en política de IA, miembro del grupo Expertos Sin Fronteras de Ética de la IA de la UNESCO, también recurre a la referencia de los derechos humanos. “Nos hallamos ante un entorno muy cambiante, y las formas de resistencia también cambian y deben adaptarse. Es difícil prever el desarrollo y, por lo tanto, generar un análisis y una semántica, una política compartida. Pero tenemos el marco conceptual de los derechos humanos que puede aplicarse a este sector”, dice Şimşek, que es coautor con Yasar del informe de Sciences Po. Los dos expertos trabajan en una nueva edición que se publicará a finales de este año.

“Resistir no es solo parar algo. Es también darle forma”, apunta Yasar, de la Escuela Normal Superior. La experta subraya la importancia crucial de conseguir una correa de transmisión entre protesta y actividad regulatoria, y tanto ella como Şimşek lanzan una voz de alerta acerca de la “captura regulatoria”, las maniobras de las grandes firmas para influir en la legislación.

La tecnología avanza. La concienciación de sus riesgos también, con constantes avisos: el último, de Anthropic, que afirma haber desbaratado intentos de usar sus modelos para crear armas biológicas. La resistencia ante este desarrollo lleno de peligros gana fuerza. Frenarlo, establecer guardarraíles eficaces es un emprendimiento arduo. Los derechos humanos quedaron consagrados en la Carta de las nacientes Naciones Unidas después de dos aterradoras guerras mundiales; el Tratado de No Proliferación Nuclear se aprobó después del espantoso uso del arma en Hiroshima y Nagasaki. El tiempo dirá si, en este caso, la humanidad conseguirá actuar de forma significativa sin estar obligada por una catástrofe.

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