Un viento de Levante recorre desde hace días la ciudad autónoma de Ceuta. La humedad convierte el ambiente en irrespirable y el calor es difícilmente soportable. A pesar de la climatología adversa, no es lo que más pesa sobre el ánimo de los ceutíes casi seis semanas después de la entrada masiva de 80.000 migrantes por la frontera del Tarajal, de los que al menos 5.000 (según datos oficiales, aunque el Gobierno ahora asegura que es «imposible» contabilizarlos) permanecen deambulando por la calle.
La gestión de esta crisis migratoria y humanitaria está pasando factura a los moradores de la ciudad fronteriza. Lo sabe bien José Gabriel Benítez, un ceutí de 61 años, vecino del barrio de Juan Carlos I, que vive solo y que en poco más de un mes ha visto trastocada su normalidad. «Esto ya no tiene color, va a peor. La tranquilidad con la que se vivía en esta ciudad se ha perdido», se lamenta. «Antes salía a tomar el fresco con mis vecinos, pero ya no se puede salir. Estamos perdiendo hasta la amistad», relata este vendedor de cupones, antes pintor y camarero retirado.
La vida en Ceuta no solo ha cambiado, sino que no todos sus vecinos (83.000 empadronados, casi el mismo número de los que llegaron de improviso duplicando su población en tan solo 48 horas, entre el 30 y 31 de julio) se adaptan por igual a la impuesta ‘nueva normalidad’. «Los que peor lo están pasando son los niños y las mujeres», cuenta al pie de su puesto de cupones Miguel Ángel Gómez Prat, de 44 años, padre de cuatro hijos y que este martes enfrenta, además, la temida vuelta al cole. «Si no hay suficiente seguridad en los centros educativos no pensamos llevarlos», adelanta a 20minutos sobre lo que está por venir. Y es que esta semana es vital en los hogares ceutíes, que tienen que decidir qué hacer con los más pequeños de la casa.
Matilde Ramírez García, una abuela de 75 años no sabe aún qué pasará con sus seis nietos y sus ocho biznietos, pero es consciente de los cambios perpetrados en su día a día. 20minutos la aborda en el centro de Ceuta, «camino de misa». «Ya no salgo con mis amigas, ni vamos al cine ni tomamos café», admite esta septuagenaria que reconoce tener miedo: «Tengo miedo y todos los ceutíes lo tenemos. Son unos salvajes, agreden hasta a los militares y les tiran piedras», resume en relación a los últimos incidentes perpetrados en los barrios de la periferia.
Para Malk Abdelkar, una ceutí musulmana de 16 años, los recién llegados no son unos «salvajes» y admite que hay entre ellos «gente que ha venido a buscarse un futuro mejor». La joven trata de disculpar a sus ‘hermanos de fe’, pero admite que la entrada masiva de 80.000 personas sí ha modificado, sustancialmente, sus rutinas. «Este verano he ido a la playa hasta que ha venido esta gente. Salgo mucho menos, he salido poco en general y siempre he vuelto a casa con luz. Hay mucha gente de la que ha venido que no es buena».
La reacción de los ceutíes ante los ‘caminantes’ que recorren la ciudad no es igual en todos los casos ni sus miedos son insuperables. «En mi día a día no me he llevado ningún susto. Este verano he llevado a mis tres niños a la playa y bajo todos los días sola a trabajar, a las 6.30 horas de la mañana paso por el Trampolín porque vivo en Benzú. El primer día me llevó mi marido, pero ahora bajo sola». La que habla con tanta despreocupación es Sihan Amar, una recepcionista de hotel, natural de Ceuta, que regresó a casa tan solo 15 días antes de la entrada masiva. «Llevaba 12 años fuera, viviendo en Málaga», aclara. Por eso sus rutinas no han cambiado demasiado, porque no las tenía. Casi ha desembarcado en Ceuta al mismo tiempos que los migrantes.
De la misma opoinión que Siham es Mariam Bumediam, su compañera de trabajo. «He seguido con mi vida normal», explica esta integradora social de 26 años dedicada ahora al sector turístico. Mariam ya vivió la crisis migratoria de 2021 y asegura por su experiencia previa que la mayoría «no son malos chicos, también vienen con miedo y no pretenden hacerte daño. He trabajado con ellos», afirma convencida.
En lo que también coinciden ambas es en lo mucho que la crisis ha disparado la economía de los ceutíes. Aunque los datos de la Cámara de Comercio cifran en 33 millones las pérdidas registradas en el último mes, los hoteles de Ceuta, como en el que trabajan Siham y Mariam, nos disponen de habitaciones. Los taxi trabajan a pleno rendimiento y la restauración no da abasto. No son pocos los funcionarios y periodistas llegados de la Península y que también han cambiado, sin sospecharlo, el día a día de los moradores de Ceuta.
Un viento de Levante sacude la ciudad autónoma de Ceuta desde hace días.
Un viento de Levante recorre desde hace días la ciudad autónoma de Ceuta. La humedad convierte el ambiente en irrespirable y el calor es difícilmente soportable. A pesar de la climatología adversa, no es lo que más pesa sobre el ánimo de los ceutíes casi seis semanas después de la entrada masiva de 80.000 migrantes por la frontera del Tarajal, de los que al menos 5.000 (según datos oficiales, aunque el Gobierno ahora asegura que es «imposible» contabilizarlos) permanecen deambulando por la calle.
La gestión de esta crisis migratoria y humanitaria está pasando factura a los moradores de la ciudad fronteriza. Lo sabe bien José Gabriel Benítez, un ceutí de 61 años, vecino del barrio de Juan Carlos I, que vive solo y que en poco más de un mes ha visto trastocada su normalidad. «Esto ya no tiene color, va a peor. La tranquilidad con la que se vivía en esta ciudad se ha perdido», se lamenta. «Antes salía a tomar el fresco con mis vecinos, pero ya no se puede salir. Estamos perdiendo hasta la amistad», relata este vendedor de cupones, antes pintor y camarero retirado.

La vida en Ceuta no solo ha cambiado, sino que no todos sus vecinos (83.000 empadronados, casi el mismo número de los que llegaron de improviso duplicando su población en tan solo 48 horas, entre el 30 y 31 de julio) se adaptan por igual a la impuesta ‘nueva normalidad’. «Los que peor lo están pasando son los niños y las mujeres», cuenta al pie de su puesto de cupones Miguel Ángel Gómez Prat, de 44 años, padre de cuatro hijos y que este martes enfrenta, además, la temida vuelta al cole. «Si no hay suficiente seguridad en los centros educativos no pensamos llevarlos», adelanta a 20minutos sobre lo que está por venir. Y es que esta semana es vital en los hogares ceutíes, que tienen que decidir qué hacer con los más pequeños de la casa.

Matilde Ramírez García, una abuela de 75 años no sabe aún qué pasará con sus seis nietos y sus ocho biznietos, pero es consciente de los cambios perpetrados en su día a día. 20minutos la aborda en el centro de Ceuta, «camino de misa». «Ya no salgo con mis amigas, ni vamos al cine ni tomamos café», admite esta septuagenaria que reconoce tener miedo: «Tengo miedo y todos los ceutíes lo tenemos. Son unos salvajes, agreden hasta a los militares y les tiran piedras», resume en relación a los últimos incidentes perpetrados en los barrios de la periferia.

Para Malk Abdelkar, una ceutí musulmana de 16 años, los recién llegados no son unos «salvajes» y admite que hay entre ellos «gente que ha venido a buscarse un futuro mejor». La joven trata de disculpar a sus ‘hermanos de fe’, pero admite que la entrada masiva de 80.000 personas sí ha modificado, sustancialmente, sus rutinas. «Este verano he ido a la playa hasta que ha venido esta gente. Salgo mucho menos, he salido poco en general y siempre he vuelto a casa con luz. Hay mucha gente de la que ha venido que no es buena».

La reacción de los ceutíes ante los ‘caminantes’ que recorren la ciudad no es igual en todos los casos ni sus miedos son insuperables. «En mi día a día no me he llevado ningún susto. Este verano he llevado a mis tres niños a la playa y bajo todos los días sola a trabajar, a las 6.30 horas de la mañana paso por el Trampolín porque vivo en Benzú. El primer día me llevó mi marido, pero ahora bajo sola». La que habla con tanta despreocupación es Sihan Amar, una recepcionista de hotel, natural de Ceuta, que regresó a casa tan solo 15 días antes de la entrada masiva. «Llevaba 12 años fuera, viviendo en Málaga», aclara. Por eso sus rutinas no han cambiado demasiado, porque no las tenía. Casi ha desembarcado en Ceuta al mismo tiempos que los migrantes.

De la misma opoinión que Siham es Mariam Bumediam, su compañera de trabajo. «He seguido con mi vida normal», explica esta integradora social de 26 años dedicada ahora al sector turístico. Mariam ya vivió la crisis migratoria de 2021 y asegura por su experiencia previa que la mayoría «no son malos chicos, también vienen con miedo y no pretenden hacerte daño. He trabajado con ellos», afirma convencida.
En lo que también coinciden ambas es en lo mucho que la crisis ha disparado la economía de los ceutíes. Aunque los datos de la Cámara de Comercio cifran en 33 millones las pérdidas registradas en el último mes, los hoteles de Ceuta, como en el que trabajan Siham y Mariam, nos disponen de habitaciones. Los taxi trabajan a pleno rendimiento y la restauración no da abasto. No son pocos los funcionarios y periodistas llegados de la Península y que también han cambiado, sin sospecharlo, el día a día de los moradores de Ceuta.
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