La plataforma funciona como una especie de torre de control para supervisar todas las herramientas de inteligencia artificial que usan las empresas y permitir que convivan y se complementen Leer La plataforma funciona como una especie de torre de control para supervisar todas las herramientas de inteligencia artificial que usan las empresas y permitir que convivan y se complementen Leer
Cuando se les pide una opinión sobre el salto evolutivo de la inversión en España, algunos de los referentes de la industria del capital riesgo subrayan en estas mismas páginas (14 de junio) que una nueva robustez se observa, sobre todo, en las fases más tempranas. Tan sólidas son a ojos de las gestoras de fondos las propuestas, que se dejan de lado exigencias antes innegociables. Ya no es necesario que una startup se presente en una reunión cargada de KPIs, con un listín muy florido de clientes y una facturación que apunta al Everest. La balanza la inclinan en un sentido favorable o negativo el precliente y el preproducto, es decir, el equipo, la propuesta de valor y, cada vez más, la tecnología elegida. Este viento de cola explica que una compañía como Optiak, que aún no comercializa su plataforma de inteligencia artificial (IA), haya levantado cuatro millones de euros en una ronda donde destaca la participación de Market One Capital, Next Tier Ventures, Plug and Play y Mission.
Detrás de Optiak hay tres nombres y todos acumulan experiencia en firmas de primer orden (Google, Amazon, Stripe). Daniel Arenas e Ignacio Gamoneda comparten el cargo de CEO, mientras que Borja Balle se ocupa como CTO del casco del velero, el bastidor de software que sostiene el proyecto. Junto a ellos trabajan diez ingenieros más alineados con una meta: crear una capa operativa unificada (una especie de moneda única) para que las empresas enfrascadas en la carrera de la IA sean capaces de gestionar, integrar y escalar herramientas y modelos sin perderse en la tempestad.
Domar la anarquía en tiempos de IA es la madre del cordero. Muchas son las encuestas que resaltan una adopción creciente de las grandes corporaciones y, en menor medida, en pymes temerosas de disparar sus costes. Todos los perfiles quedan acordonados al mismo lastre: la fragmentación de sistemas y suscripciones, la falta de gobernanza y, por último, el fenómeno de la IA en la sombra, traducido como la suma de utensilios algorítmicos que una organización incorpora a su infraestructura sin siquiera saberlo. Sucede porque, tal y como cuentan los fundadores, es frecuente que una empresa compre licencias con las que el trabajador habituado a usar otras no se siente cómodo, situación que le empuja a utilizar programas alternativos.
Así es como llega la ceguera: conviven tantas soluciones en el seno de una misma compañía que nadie sabe bien lo que se oculta bajo la alfombra. Arenas lo sintetiza: «Optiak plantea la opción de mejorar ese panorama. Es factible contar con una suerte de torre de control que centralice toda la lógica de la IA que no se refiere al negocio. Se trata de colocar una capa intermedia que permita usar cualquier herramienta supervisando y optimizando».
Desarrolla Balle la pata del control cuando dice que incluye «afianzar los entornos donde se despliegan agentes» para averiguar, por ejemplo, qué permisos tiene, ya que puede darse el caso de que un trabajador se interese por el sueldo del consejero delegado, cosa que al agente -en teoría- no le incumbe. También se accionan aquí los cada vez más presentes guardarraíles, que impiden que un dato termine donde no debe, moderan contenidos de cara a una interacción de la empresa que usa Optiak con su cliente, y evitan el prompt injection, o sea, los engaños a un agente para que haga algo que está prohibido o genere información incorrecta.
Abre la optimización el interesante cajón de los tokens consumidos y, de manera más amplia, el debate sobre la voracidad de la IA desde la perspectiva energética. Cuando un usuario lanza una petición, Optiak elige a qué modelo se envía la instancia, pues «no es necesario matar balas a cañonazos» y las consultas o tareas más sencillas pueden resolverlas los modelos más básicos, ahorrando así costes y tokens«. Gamoneda añade una pincelada aún más sutil: «El mercado está repleto de plataformas y modelos, pero esto no va sólo de rendimiento, sino de garantizar que la IA se ajuste a las reglas de cada empresa».
La plataforma es modular. Balle destaca que se integra con los softwares especializados de otros proveedores, algo que tranquiliza a esas compañías de vanguardia que «ya han comenzado a montar sus stacks de IA» y están contentas con los servicios que les prestan otros. Si, por citar un caso práctico, mañana la startup X o Y estrena los mejores guardarraíles del planeta, al día siguiente Optiak permite una actualización para acompasarse al cambio. «Imagina las piezas de un puzzle que puedes combinar como quieras. Todo está pensado para ser personalizable sin que se rompa el sistema«, compendia Gamoneda.
Hoy el desafío no está en la disponibilidad tecnológica, sino en la posibilidad de sacarle jugo. La inversión debe traducirse en beneficio. «Por eso no tiene sentido forzar una solución única», opina Arenas, pero sí una constelación ordenada que permita al astronauta/empleado satisfacer sus preferencias. «Somos muy pesados con el agnosticismo. Si nos usas a nosotros no te casas con nadie».
Otra ventaja asociada a lo coral es que cuando un Gobierno, digamos el de EEUU, veta el acceso de extranjeros a los productos premium de Anthropic, la dependencia se reduce. «Muchas veces la potencia de los modelos premium se puede igualar combinando modelos bastante más pequeños y siendo juicioso en lo que pides a cada uno de ellos», describe Balle. «Al final, construyes un router (enrutador) que funciona casi tan bien como Mythos y a menor precio».
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