De pedir ayuda a los padres a prestarla: cómo afrontar el cambio de roles que llega con la edad adulta

Con el paso de los años, en muchas familias se produce un cambio paulatino que termina modificando para siempre el rol histórico de cada uno de sus miembros. Los progenitores, que eran quienes lideraban el grupo, van delegando poco a poco responsabilidades en sus hijos hasta que son estos quienes pasan a controlar la mayor parte de los asuntos familiares. ¿Qué supone para ambas partes esta inversión de roles?

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 Descubrir que los progenitores ya no son esas figuras fuertes e invulnerables es un proceso emocionalmente complejo para los hijos. Pero esa inversión de responsabilidades no debe derivar en una pérdida de autonomía y capacidad de decisión  

Con el paso de los años, en muchas familias se produce un cambio paulatino que termina modificando para siempre el rol histórico de cada uno de sus miembros. Los progenitores, que eran quienes lideraban el grupo, van delegando poco a poco responsabilidades en sus hijos hasta que son estos quienes pasan a controlar la mayor parte de los asuntos familiares. ¿Qué supone para ambas partes esta inversión de roles?

“Puede ser un cambio difícil de asumir. Dependerá de muchos factores, como la personalidad, la relación previa y cómo vaya afrontando la persona los cambios a lo largo de su vida”, explica Laura Caballero, psicóloga sanitaria que trabaja con adultos y personas mayores en su centro. “Para algunas personas puede significar tomar conciencia de que están envejeciendo. También puede aparecer cierta sensación de pérdida de autonomía o frustración”, detalla, y también pone de ejemplo otros casos: “Hay quienes viven esta etapa de manera distinta y reciben ese cuidado con tranquilidad. Dejarse ayudar no tiene por qué vivirse como una pérdida, sino como una manera de fortalecer el vínculo”.

Un informe publicado en Geriatrics en 2024 abordó la madurez filial como el proceso por el que los hijos adultos comienzan a percibir las necesidades y vulnerabilidades de sus padres. Con el envejecimiento, el apoyo familiar se redistribuye y los hijos asumen una mayor parte de cuidado y responsabilidad. Este proceso no se da en un momento ni a una edad concreta, pero se acentúa una vez que los hijos llegan a la edad adulta y los padres comienzan a envejecer: “Durante la infancia y buena parte de la adolescencia existe una relación necesariamente asimétrica, dado que los padres cuidan, protegen, enseñan o toman muchas decisiones”, desarrolla Begoña Díez, psicóloga sanitaria y secretaria del Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León. Sin embargo, esto se reduce al llegar la adultez del hijo: “Ya no necesita a sus padres del mismo modo, y además puede empezar a aportarles cosas que ellos desconocen o necesitan”.

Uno de los casos de los inicios de una enseñanza inversa radica en la tecnología: “Un hijo puede enseñar a sus padres a usar una aplicación bancaria, a hacer una videollamada o a manejar algunas herramientas digitales. Pero los padres siguen siendo una fuente de experiencia, apoyo emocional y conocimiento más vital, así que considero adecuado hablar de una relación progresivamente más horizontal y recíproca”, añade Díez.

Según un estudio publicado en 2023 en Information Systems Frontiers, los hijos adultos pueden socializar tecnológicamente a sus padres al transmitirles conocimientos y habilidades digitales, al promover que el aprendizaje sea recíproco. Esta brecha generacional se aprecia en la inteligencia artificial: según el INE, en 2025 la usó el 75,6% de personas de 16 a 24 años, frente al 32,6% de 45 a 54 años, el 19,2% de las de 55 a 64 y tan solo el 7,4% de 65 a 74 años.

Aunque inicialmente este cambio de roles puede darse en cuestiones como la tecnología o las gestiones burocráticas, con el envejecimiento aparecen responsabilidades más importantes, como organizar la medicación o gestionar la economía, detalla Díez. Aun así, los padres mantienen funciones relevantes: “Pueden tener un papel en el apoyo emocional, el cuidado de los nietos, determinadas decisiones familiares o como referentes de experiencia. No deberíamos interpretar cualquier cambio de función como una pérdida de autonomía, ya que las familias se reorganizan a medida que cambian sus ideales”, sostiene la psicóloga.

Preservar la capacidad de decisión de los padres es clave para asumir estas responsabilidades sin reducir su autonomía: “Una cosa es que una persona necesite que uno de sus hijos le explique una gestión o le acompañe al médico. Pero otra cosa diferente es que los hijos tomen decisiones por su cuenta y actúen como si los padres no estuviesen”, avisa Caballero. Pero con un mayor grado de dependencia, esta frontera se puede diluir: “Cuando existe dependencia, esa línea puede cruzarse sin que uno se dé cuenta, ya que, en el afán de protegerles y facilitarles, los hijos pueden anular a los padres. Es necesaria la paciencia y la empatía, e influye mucho la relación previa”, añade.

Esto también puede provocar que la relación caiga en una infantilización de los progenitores. “Se habla más despacio, se ofrecen explicaciones que no se han pedido, se responde por ellos o se actúa sin contar con ellos por prisa. Esto puede mandar un mensaje de ‘ya no puedes hacerlo”, alerta Caballero. La acción debería dirigirse más hacia una participación activa: “Sería más considerado preguntar si necesita ayuda o cómo prefiere hacer algo. Es esencial ser pacientes para que ellos puedan hacer lo que aún pueden hacer. A veces la mejor ayuda es no hacer todo”. Para la experta, la clave está en aumentar y no disminuir su independencia: “Si nuestros padres se sienten capaces de tomar sus propias decisiones y controlar sus propias vidas después de ayudarles, entonces les estamos acompañando”.

Díez también concuerda con el consejo de ayudar y no decidir por ellos. Define tres niveles de competencia y autonomía: “Te enseño”, “lo hacemos juntos“ y “lo hago por ti”. “Es importante pensar en esos tres niveles y, en los casos donde no hay una enfermedad cognitiva degenerativa, tener en cuenta a nuestros mayores y ayudarles a tomar las mejores decisiones. Ayudarles no implica sustituirles en las decisiones”, advierte.

La psicóloga, además, apunta que esta inversión de roles puede producir fuertes emociones en los hijos: “Es un proceso emocionalmente complejo porque implica asumir que la relación está cambiando. Puede aparecer preocupación, tristeza, miedo o impotencia”. Esto produce una situación difícil, indica la psicóloga: “Descubrir que tus padres no son exactamente las figuras fuertes e invulnerables que construyó el hijo durante la infancia”. Además, se puede “producir una especie de duelo anticipado”: “Empieza a desaparecer una determinada imagen de los padres. Ese cambio puede generar mucha emoción porque confronta al adulto con el paso del tiempo y con su propia historia familiar”.

La situación puede volverse más difícil en otros dos casos concretos. Por un lado, cuando la familia no es solo vertical, sino que aparecen hermanos, y cada uno con su propio problema: “En las familias con varios hermanos, uno puede terminar asumiendo espontáneamente la mayoría de las gestiones”, según distintos escenarios vitales, apunta Díez. “El problema aparece cuando esa distribución no se habla y se convierte en una responsabilidad implícita”, y esta puede ser tanto como “siempre me toca a mí” como “no nos deja participar”. Para evitarlo, la experta aconseja explicitar y repartir las responsabilidades de forma realista, buscar consensos y establecer límites.

Por otro lado, cuando esas responsabilidades se convierten en una carga excesiva. “La responsabilidad se vuelve una carga excesiva cuando deja de ser una elección y se transforma en una obligación. También cuando la persona empieza a descuidar sistemáticamente su trabajo, pareja, hijos, amistades, descanso o su propia salud por atender a sus padres”, alerta Díez. También puede aparecer un sentimiento de culpa constante: “Sentir culpa no significa que estemos haciendo poco, sino que, a veces, simplemente estamos intentando responder a una situación que no podemos controlar completamente”. Y reformula una rumiación que puede rondar una y otra vez las cabezas de los hijos: “La pregunta no debería ser únicamente: ¿Qué más podría hacer?, sino también: ¿Qué puedo hacer sin dejar de cuidar mi propia vida? Ese equilibrio es probablemente uno de los mayores retos de la relación entre padres e hijos adultos”.

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