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Una de las más indeseables derivadas de la caída del estado somalí en la guerra civil de 1991 fue la transformación de sus pescadores en piratas. Cuando el gobierno de Mogadiscio se desintegró, sus aguas quedaron sin protección y flotas europeas, asiáticas y de Oriente Medio las esquilmaron con total impunidad: se estima que en los años 90 se extraían ilegalmente entre 300 y 400 millones de dólares anuales en pescado. Al mismo tiempo, empresas y gobiernos extranjeros usaron la costa somalí como vertedero de residuos tóxicos y radiactivos.
Los primeros grupos armados que respondieron a ese saqueo se autodenominaban «Guardia Costera Voluntaria» y, desde su perspectiva, estaban defendiendo sus medios de vida. Como las armas sobraban, todos ellos iban bien pertrechados. El salto al secuestro organizado fue gradual, impulsado por la lógica del dinero: cuando los primeros rescates llegaron a aldeas costeras con renta media de menos de un dólares al día, la industria del secuestro dejó enormes beneficios y cambió la economía del cuerno de África.
Desde hace unos meses los piratas somalíes han vuelto y lo han hecho a lo grande con varios secuestros. Su nueva gran presa no puede ser más lucrativa. El carguero de bandera camerunesa Lutuf, que transportaba un cargamento de material militar turco lleno de armas, drones y equipos satelitales destinados a Turksom, la base militar más grande de Turquía fuera de sus fronteras, ubicada en Mogadiscio, fue secuestrado el lunes 17 de agosto cuando se dirigía a la destartalada capital somalí.
El barco había zarpado a finales de julio del puerto turco de Tekirdag, sede de las principales instalaciones de pruebas y entrega de Baykar, el gigante turco en la producción de drones. El secuestro del barco ha desencadenado una respuesta militar sin precedentes: Turquía, principal socio del actual gobierno de Somalia, ha desplegado un importante dispositivo de buques, helicópteros y drones espía en la zona para intentar recuperar la carga, con al menos un ataque aéreo ya ejecutado contra posiciones piratas en la costa.
El incidente se produce en el contexto del resurgimiento de la piratería en el océano Índico en 2026, impulsado por la guerra de Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz, aunque hasta ahora los grupos de piratas solo habían capturado graneleros y pesqueros: nunca un cargamento de armamento estratégico de este calibre. Esta presa las supera a todas y, de conseguir desembarcarla, haría del clan implicado la milicia mejor armada del continente. La lista total de presas en 2026 incluye cinco barcos comerciales desde el mes abril. Cuatro siguen retenidos con 67 tripulantes a bordo después de más de tres meses sin avances en las negociaciones.
¿Qué factores han provocado su regreso? Existen tres factores simultáneos: el primero es económico y político: EEUU proporcionó 476 millones de dólares en ayuda a Somalia en 2024, pero esa cifra se redujo a 70 millones en 2025 y apenas tres millones en los primeros meses de 2026; los recortes de la administración Trump han desmantelado los programas que frenaban el reclutamiento pirata. El segundo es geopolítico: la guerra de Irán ha desviado buques militares y recursos de vigilancia hacia el Golfo Pérsico, dejando el cuerno de África menos patrullado. El tercero es la lógica económica del propio negocio: en uno de los países más pobres del mundo, un rescate de millones de dólares convierte la piratería en una de las pocas opciones de enriquecimiento disponibles.
¿Son muy diferentes los piratas somaíes actuales que los del año 2005? Lo único que ha cambiado algo es el método de asalto: ahora han añadido la estrategia de camuflarse en otro barco previamente secuestrado, lo que les permite alejarse cientos de millas de la costa sin levantar sospechas. El Lutuf fue abordado desde el Sward, uno de los cargueros previamente capturados. Desde esa embarcación lanzan dos o tres lanchas rápidas de madera, típicas de la pesca en el Índico con motores de alta potencia que se aproximan al carguero objetivo de madrugada o al amanecer con el sol a la espalda para aprovechar la falta de visibilidad. Armados con AK-47 y lanzagranadas RPG, usan escaleras de gancho para abordar la presa, trepar por el casco y toman el puente de mando.
Están en forma. El ataque completo puede durar menos de 30 minutos. Los barcos comerciales, lentos, con bordas bajas si van cargados, con tripulaciones sin experiencia militar y mal pagadas, son objetivos fáciles, y los protocolos internacionales recomiendan no resistirse. Algunos llevan seguridad privada armada, con mercenarios bien entrenados, pero no la mayoría. El caso del Lutuf sí llevaba guardias armados y aun así no pudo repeler el ataque, lo que sugiere que los grupos actuales tienen un entrenamiento y una coordinación superiores a los de décadas anteriores. Una vez en tierra de nadie, lejos de las zonas controladas por el gobierno somalí de turno, comienza una negociación que puede durar meses y se pagan entre uno y cinco millones de dólares.
La piratería somalí moderna no es el fenómeno caótico y oportunista, sino una industria estructurada con inversores que financian las operaciones, líderes que planifican los ataques, equipos de asalto entrenados y negociadores en Londres. Una empresa criminal, en definitiva, tan organizada como cualquier mafia.
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