El país llega al aniversario con parte del territorio ocupado y millones de desplazados, pero con una identidad común reforzada y una sociedad que sigue vigilando al poder Leer El país llega al aniversario con parte del territorio ocupado y millones de desplazados, pero con una identidad común reforzada y una sociedad que sigue vigilando al poder Leer
«Sólo en vuestra propia casa tendréis vuestra verdad, vuestra fuerza y vuestra libertad», dice el verso de Taras Shevchenko, el poeta más venerado del país. Ucrania cumple 35 años con su cohesión nacional en máximos y su soberanía territorial sometida a la agresión más violenta de su historia independiente. El aniversario encuentra al país con parte del mapa ocupado, millones de desplazados y una sociedad agotada tras cuatro años y medio de invasión a gran escala. La guerra ha reforzado como nunca la identidad común, pero no ha apagado el debate sobre la corrupción, el poder de Volodimir Zelenski y las elecciones que deberán renovar la jefatura del Estado cuando llegue la paz.
El 24 de agosto de 1991, tres días después del fracaso del golpe comunista en Moscú, la Rada declaró a Ucrania «Estado independiente y democrático». La independencia ucraniana nació entre tachones y restos soviéticos. Levko Lukyanenko, condenado a muerte 30 años antes por defender la secesión, redactó el Acta en una libreta escolar la víspera de su 63 cumpleaños; empezó escribiendo «Ley», probó «Universal» y terminó escogiendo «Acta», una palabra breve capaz de atravesar el temor de la mayoría comunista. Aquel día, unas 10.000 personas esperaron durante horas frente a la Rada. A las 21.04, los diputados introdujeron una bandera azul celeste y amarilla de 7,34 metros, cosida con toda la tela que los activistas habían logrado encontrar, y cantaron Chervona Kalyna.
En el centro de Kiev, la futura plaza del Maidán todavía se llamaba Plaza de la Revolución de Octubre. El Estado había llegado antes que sus símbolos. El 1 de diciembre, el 90,3% de los votantes ratificó la decisión, con una participación del 84,2%. El manto del ‘sí’ cubrió todo el mapa: la independencia venció con un 83,9% en Donetsk, un 83,9% en Lugansk, un 54,2% en Crimea y un 57,1% en Sebastopol. Aquel voto dibujó un país diverso, rusohablante en amplias zonas y unido por la voluntad de gobernarse. El nuevo Estado heredó fronteras, fábricas, élites comunistas, instituciones débiles y una población acostumbrada a vivir en la periferia de un poder situado en Moscú, una metrópoli que estaba en apuros.
Durante una década, la identidad avanzó entre crisis y equilibrios entre Rusia y Occidente. El primer gran salto llegó en 2004: el fraude electoral preparado a favor del candidato favorito del Kremlin, Víktor Yanukovich, llenó las plazas de cintas naranjas y obligó a repetir la votación: lo importante de la Revolución Naranja es que convirtió la ciudadanía en una fuerza capaz de corregir al Estado. El segundo salto llegó con el Maidán de 2013 y 2014. Yanukovich frenó el acercamiento a la Unión Europea, ordenó reprimir a los manifestantes y acabó huyendo. Rusia respondió con la anexión de Crimea y la guerra del Donbás.
Serhii Plokhy, catedrático de Historia de Ucrania en Harvard y autor de Las puertas de Europa, explica a EL MUNDO que la experiencia imperial sigue marcando la relación de los ucranianos con el poder: «La relación de Ucrania con el Estado es fruto de una larga existencia en las fronteras de distintos imperios, en las estepas y junto a una frontera en continuo movimiento. Eso formó una actitud particular hacia uno mismo, hacia los vecinos y, especialmente, hacia el Estado». La guerra también está acelerando la emancipación cultural del país: «El condominio cultural ruso-ucraniano que existía antes de la guerra se está transformando cada vez más en un espacio dominado por la cultura ucraniana. Para preservar el pluralismo en esas circunstancias, mirar hacia la Unión Europea puede ayudar y también advertir sobre posibles errores».
La escritora Sasha Dovzhyk nació en Zaporiyia en 1988 y pertenece a la generación que recibió la independencia al nacer pero sólo después aprendió a ejercerla. En Apocalypse Baroque escribe: «La Revolución de la Dignidad de 2014, cuando luchamos contra el giro autoritario del Gobierno prorruso y vencimos ha moldeado a los ucranianos de mi edad: nacidos con la declaración de independencia, aprendimos a desobedecer a los dictadores. Echamos raíces en la práctica del desafío». Vladimir Putin leyó aquella pluralidad como una debilidad que los ponía a tiro de Moscú. En 2008, durante una conversación con William Burns, entonces embajador estadounidense en Rusia, expresó su convicción con una pregunta: «¿Acaso ignoran que Ucrania ni siquiera es un país real?». La ofensiva de 2022 convirtió esa idea en un plan militar: tomar Kiev, sustituir el Gobierno y desarticular el Estado en pocos días.
La resistencia desbarató el cálculo central del Kremlin. Yaroslav Trofimov, nacido en Kiev autor de Our Enemies Will Vanish lo resume así: «El mayor error de Rusia fue no entender que la nación ucraniana existe. No es un concepto artificial. Y la nación ucraniana que existía en 2022 no era la misma de 1991, ni la que Putin quizá recordaba de sus viajes de juventud a Ucrania». Andrei Kolesnikov, analista y periodista ruso que decidió permanecer en Moscú, identifica una visión imperial donde la soberanía se mide por la posesión. En su libro The Closing of the Russian Mind señala que a diferencia de lo que pasa en Ucrania, Putin (igual que Stalin) «sólo entiende una divisa fuerte: los territorios. Para él son la medida y el símbolo de la identidad imperial rusa. La desmilitarización y la desnazificación de Ucrania contienen aquel mismo motivo estalinista de la liberación, unido al retorno y fortalecimiento de las antiguas tierras imperiales».
Ahora mismo, ante el temor a otro invierno terrible, la unidad bélica convive con una tensión política que ha ido subiendo de temperatura. La destitución del popular ministro de Defensa Mijailo Fedorov provocó manifestaciones y lo convirtió en posible rival de Zelenski. Fedorov reclamó elecciones durante la guerra. La mayoría social prefiere votar sólo cuando acaben tras las hostilidades y la ley marcial mantiene suspendidas las convocatorias nacionales. Olga Aivazovska, responsable de la red electoral OPORA, plantea la cuestión como una tarea inmediata del Estado: «La mejor opción para Ucrania hoy es establecer las reglas y la infraestructura para las primeras elecciones de posguerra».
La exigencia ciudadana también alcanzó al poder en julio de 2025. Miles de personas salieron a las calles de Kiev, Jarkiv, Leópolis, Dnipró y Odesa tras la decisión de colocar las dos principales agencias anticorrupción bajo la autoridad del fiscal general. La presión obligó a Zelenski y a la Rada a restaurar su independencia. Un año después, las protestas por Fedorov expresan la misma cultura política: para muchos ucranianos, la independencia exterior y el control social del Gobierno forman parte de una sola aspiración, no una disyuntiva como en Rusia.
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