Empezar de cero en una ciudad desconocida para acompañar a tu pareja es, en la mayoría de los casos, una decisión emocionante. Pero también es difícil, si se vuelve una carrera de obstáculos en la que entran en juego el posible sentimiento de soledad, la dependencia y la dificultad de construir una vida propia e independiente de la persona que recibe o es recibida. ¿Qué ocurre cuando la única persona que conoces en una ciudad es tu pareja?
Reforzar una relación a través de la convivencia siempre supone un reto, sobre todo si se da el desequilibrio de tener que adaptarse al entorno del otro. Crear redes sociales independientes es crucial en estos casos
Empezar de cero en una ciudad desconocida para acompañar a tu pareja es, en la mayoría de los casos, una decisión emocionante. Pero también es difícil, si se vuelve una carrera de obstáculos en la que entran en juego el posible sentimiento de soledad, la dependencia y la dificultad de construir una vida propia e independiente de la persona que recibe o es recibida. ¿Qué ocurre cuando la única persona que conoces en una ciudad es tu pareja?
El impacto psicológico de quien se muda tiene su parte positiva y negativa. “A nivel emocional hay una parte de ilusión, porque normalmente las parejas que viven separadas y que han tomado esa decisión es porque han decidido compartir un espacio común”, desarrolla Lucía Camín, psicóloga y directora de Alcea Psicología. “La persona que se muda a la ciudad o el país donde vive su pareja necesita una adaptación, nuevas costumbres y a veces un nuevo idioma también. Esto puede generar miedo a la inseguridad inicial y una mayor sensación de soledad. Aunque te adaptes a los planes, puedes sentirte un poco desplazado, no hay una equidad ni equilibrio”, argumenta.
Otra de las sensaciones negativas que pueden repercutir psicológicamente es la sensación de desarraigo, pérdida de autonomía e identidad: “Puedes sentir desarraigo por tu vida anterior, el entorno, tus amigos, trabajo o familia. La pareja pasa a convertirse en el apoyo principal”, indica María Calderón, psicóloga sanitaria en Córdoba. “También puedes estar renunciando a proyectos personales o laborales y dependes a todos los niveles de tu pareja. Tienes que encajar con esas necesidades que ese momento no te ofrece y adaptarte a sus condiciones de vida”, añade.
Esto mismo le ocurrió a María Josefa, que dejó su ciudad cuando era joven para vivir con su pareja, a 700 kilómetros de distancia. “Mi pareja y yo teníamos en torno a 30 años, queríamos tener hijos y no esperar más. Su trabajo estaba mejor remunerado y nos decidimos por su ciudad, Logroño”, comenta, y describe la época en la que dejó Cartagena como “difícil económicamente”.
El papel de la persona receptora debe ser el de anfitriona e integradora de la ciudad: “Es normal que haya una sana dependencia en todos los casos al principio. El que está viviendo ahí tiene que poner más recursos para integrar a su pareja. Esto no es algo negativo, sino un periodo de adaptación. Si el tiempo pasa o cualquiera de los dos empieza a sentir que esta dependencia les genera un malestar y que no se supera, ahí aparecen las dudas”, advierte Camín.

Cuando pasa un tiempo y la dependencia inicial no se ha solventado, la relación de pareja puede pasar de ser considerada un apoyo sano a una dependencia excesiva. “La clave está en si esa persona que se muda se adapta al nuevo entorno y construye una vida propia en esa nueva ciudad o país. Si tiene motivación por crear vínculos, mantener espacios personales o hacer sus propias raíces en ese lugar”, indica Calderón. “Para mí, se convierte en algo patológico cuando pasa el tiempo y la persona nueva en la ciudad no consigue establecer su propio círculo de amigos independiente. Las dudas son lo que más les afecta porque viven con la incertidumbre de si están en el lugar que quieren. Es algo identitario”, comenta, por su parte, Marín.
En el caso de María Josefa, lo más difícil fue la rutina diaria y equilibrar los tiempos libres de cada uno. “El día a día era eterno y él estaba fuera de lunes a viernes. Los fines de semana estaban descompensados porque él tenía ganas de descansar y yo estaba aburrida. Me decía a mí misma que eso pasaría, pero estaba paralizada y no ponía solución. No fui capaz de tener iniciativa y participar en actividades que me abrieran mi entorno social. Vivía pensando en cuándo podría hacer una escapada para volver con los míos”, lamenta. Hasta que su primera hija no empezó a andar y a interactuar con otros niños, no comenzó a hacer nuevas amistades fuera de su pareja: “A partir de cierta edad cuesta más hacer un círculo de amistades, sobre todo con los locales, porque no todos detectan la necesidad de sentirse incluido que tiene el que viene de fuera. Suele ser más fácil con las personas que están en tus mismas circunstancias”.
Según un estudio publicado en Population Research and Policy Review, la decisión de quién se muda cuando una pareja comienza a convivir depende de factores como el nivel educativo, la situación laboral o la cercanía a la familia. Desde Frontiers in Psychology señalan que tanto el estrés percibido como el aislamiento social son los factores que más influyen en el bienestar de las personas que se trasladan junto a su pareja. Pero en otros estudios longitudinales difundidos en SPSP/Sage Journals se muestra que esta experiencia no es estática: los niveles de estrés tienden a disminuir con el tiempo y pueden aparecer nuevas recompensas y formas de adaptación, aunque esta evolución depende del rol de cada miembro de la pareja y factores socioeconómicos.
La experiencia de mudarse a otro sitio y experimentar determinados sentimientos de pérdida significativa en la vida de uno se conoce como duelo migratorio, según indica Calderón, y es diferente en cada persona. En el caso de quien se muda por la pareja, van a surgir muchas inseguridades y miedo, explica la psicóloga: “Hay gente que va a experimentar más irritabilidad, tristeza, sentimiento de soledad o ansiedad. Ante lo desconocido, el cerebro genera cortisol. Cuando surgen desafíos de cualquier índole, surge este cortisol. Es un reto importante porque de pronto tienes que construir relaciones de nuevo”.

Pero también para la persona receptora este movimiento puede suponer un reto: “El sentimiento principal con el que va a tener que lidiar es con la culpa y con la carga emocional, porque de pronto se ve cuidando, sosteniendo o cargando a su pareja. Esto genera sentimientos de culpa porque parece que está obligado a tener que sostener todos los aspectos a tu pareja y quizá eso te priva un poco de la autonomía de libertad”, sostiene Calderón.
Es un punto de vista con el que coincide Marín: “Aunque hemos tomado una buena decisión, puede aparecer también en el caso de la persona que acoge a su pareja una sensación de culpa”. Asimismo, también puede afectar a la identidad personal, tanto de manera positiva como negativa: “La identidad es cómo nos reconocemos a nosotros mismos. Cuando hay un cambio tan brusco, puede aparecer un problema de desarrollo, de uno mismo, de mi propia identidad. Quién soy yo y quién es este nuevo yo. Es una oportunidad también. Puede ser algo positivo porque la identidad se va construyendo a lo largo de la vida”, añade la psicóloga.
Desde un punto de vista personal, María Josefa considera que lo más importante para adaptarse a la ciudad de tu pareja donde se comienza a vivir es mantenerse activo. “A estas alturas, las relaciones sociales han cambiado mucho, pero hay detalles que creo que permanecen. Me parece importante tomar interés por el nuevo entorno, conocerlo para entenderlo, disfrutarlo y facilitar la integración. No anclarse en las comparaciones y buscar lo positivo”, apunta.
Para Calderón, es esencial prevenir el aislamiento: “Hay un círculo vicioso con las personas que padecen depresión, tristeza o un estado de ánimo apático que te lleva a desmotivarte por planes y actividades agradables de tu vida. En un duelo migratorio, cuando te mudas de ciudad, tienes que prevenir el aislamiento para que no te pase este círculo vicioso. Para ello, hay que crear vínculos nuevos independientes de tu pareja, pero también con ella; socializar, recuperar la independencia laboral y contar con apoyo psicológico si lo necesitas tratar profesionalmente”.

Marín considera que mantener los vínculos previos es primordial, pero también hacer esfuerzos por crear nuevos: “Además, también que haya rutinas propias de la pareja: que cada uno tenga su espacio de estas actividades en común y luego cada uno aparte tenga su vida. Y, sobre todo, comunicarse con la pareja para poner sobre la mesa qué está sucediendo y buscar soluciones en el caso de que sea necesario”.
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