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Desde hace años, la arquitectura financiera internacional asiste al voluntarioso intento de certificar el inevitable declive del dólar como moneda de reserva dominante. El papel sustitutorio de la divisa norteamericana se ha atribuido de manera constante al yuan o renminbi y, más recientemente, se concede esa opción al «Unit», el ambicioso proyecto digital presentado en octubre de 2025 por los BRICS, ese heterogéneo club de autocracias orientales, populismos sudamericanos y economías extractivas. Sin embargo, estas iniciativas tienen escasas probabilidades de desbancar al billete verde debido a sus profundas carencias institucionales y políticas. Y hay que explicar por qué.
El «Unit» se presenta como un activo digital basado en blockchain para dotar a las transacciones de rapidez, transparencia y, fundamental, inmunidad frente a potenciales sanciones internacionales. El «Unit» se plantea estar respaldado en un 40% por oro físico y en un 60% por una cesta de monedas nacionales (real, rublo, rupia, yuan y rand). Aunque el componente áureo resulte atractivo en términos de marketing, los BRICS no parecen estar dispuestos a aceptar algo remotamente parecido la disciplina del patrón oro. Este no consistía simplemente en custodiar metal en una bóveda; era un compromiso inquebrantable con la estabilidad macro: precios, equilibrio fiscal y renuncia total de los gobiernos al señoreaje. Es impensable que los BRICS acepten que una restricción externa dicte su política económica.
Por otra parte, el componente fiduciario del «Unit» es una invitación a la inestabilidad. Vincular el 60% de su valor a una cesta de divisas —algunas de ellas activos paria, otras altamente volátiles y casi todas sujetas a controles draconianos— no crea una valuta «dura», sino un híbrido de inestabilidad crónica. En economía, la confianza no se construye por decreto ni mediante algoritmos, sino a través de un historial de rigor macro y micro y del cumplimiento de las reglas del juego. Ningún agente económico racional aparcaría su riqueza a largo plazo en un instrumento controlado por un bloque donde el Estado de Derecho es opcional, la confiscación de activos una herramienta de política exterior y la discrecionalidad una norma de comportamiento.
De forma paralela, la tesis de que el renminbi puede consolidarse como moneda de reserva global constituye una de las supersticiones más persistentes del análisis macroeconómico. Este espejismo confunde el volumen del PIB o el tamaño del comercio de un país con algo básico: la calidad de su marco institucional. El dinero no es un mero artefacto contable del Estado, sino una institución jurídica cuya validez depende de la libertad y la seguridad. Para que el yuan fuera una divisa reserva real, debería cumplir una condición sine qua non: la convertibilidad plena e incondicional de la cuenta de capital.
La convertibilidad del yuan no es un desafío técnico, sino un dilema político. Mientras que un banco central acumula reservas para garantizar activos de liquidación inmediata, el yuan permanece anclado a los deseos del Politburó. Bajo el Trinomio de la Imposibilidad o Trilema de Mundell-Fleming, un Estado no puede sostener simultáneamente un tipo de cambio fijo, una política monetaria autónoma y la libre circulación de capitales. Al priorizar el control social y la estabilidad del régimen, Pekín sacrifica la apertura financiera, condenando al yuan a una irrelevancia sistémica fuera de sus fronteras ((Setser B. China’s Currency is Now Facing Substantial Appreciation Pressure, Council on Foreign Relations (CFR), January 2026)
El predominio del dólar se sustenta en la existencia de un mercado de capitales estadounidense que es el más profundo, líquido y transparente a nivel global, blindado por una seguridad jurídica que garantiza el respeto a la propiedad privada. Por el contrario, en China y en el resto de los BRICS, el marco legal está supeditado a la conveniencia del poder político y ello genera un riesgo jurisdiccional inaceptable para los inversores internacionales.
Además, una divisa de reserva exige un mercado de bonos soberanos donde los tipos de interés funcionen como indicadores reales de la escasez de capital y no como herramientas de planificación política. En este sentido, la opacidad de la banca pública china y el intervencionismo del Estado-Partido en toda la economía impiden la consolidación de un activo libre de riesgo que pueda servir como referencia de estabilidad para el sistema financiero mundial.
En definitiva, el «Unit» y la expansión del yuan no constituyen una amenaza sistémica, sino que evidencian la incapacidad de los BRICS para articular una alternativa financiera internacional basada en dos variables básicas: la libertad y la solvencia. Ante un choque exógeno, el anclaje marginal respecto al oro, caso del Unit colapsará frente a la discrecionalidad de regímenes que priorizan la supervivencia del poder. El «Unit» no es una alternativa al patrón dólar; es un espejismo contable para quienes confunden la propaganda geopolítica con la realidad del mercado. Sin instituciones liberales, no hay moneda de reserva. Y esto refleja una verdad histórica recurrente: las monedas de reserva caen por fallos internos del emisor (inflación, pérdida de credibilidad), no porque un rival imperfecto las desbanque. El Unit y el yuan avanzarán en nichos (comercio intra-BRICS, desdolarización parcial), pero no desplazarán al billete verde como estándar global sin cambios institucionales profundos que parecen improbables en un horizonte previsible.
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