
Sylvester Stallone solo podía llegar a los 80 años, que cumple este lunes 6 de julio, de una manera: al pie de combate. En la ficción aún sigue repartiendo puñetazos en Tulsa King, serie de Paramount+ que espera ya su cuarta temporada. Pero fuera de la pantalla encara una batalla aún más difícil. El actor y guionista neoyorquino, eterno rival de Arnold Schwarzenegger, precursor del culturismo en Hollywood y pionero en las sagas de eternas secuelas millonarias, lucha ahora por proteger su legado.


El actor y guionista estadounidense prepara el lanzamiento de sus memorias el mismo año en el que se estrena una película sobre el proceso de creación de ‘Rocky’ de la que, asegura, no ha formado parte
Sylvester Stallone solo podía llegar a los 80 años, que cumple este lunes 6 de julio, de una manera: al pie de combate. En la ficción aún sigue repartiendo puñetazos en Tulsa King, serie de Paramount+ que espera ya su cuarta temporada. Pero fuera de la pantalla encara una batalla aún más difícil. El actor y guionista neoyorquino, eterno rival de Arnold Schwarzenegger, precursor del culturismo en Hollywood y pionero en las sagas de eternas secuelas millonarias, lucha ahora por proteger su legado.
El próximo mes de diciembre se cumple el 50º aniversario de Rocky, cinta que lo convirtió en un icono, y para celebrarlo está previsto el estreno de I Play Rocky. La película narra la intrahistoria de cómo un joven aspirante a actor, que vivía casi en la calle, le echó un pulso al sistema de estudios hasta conseguir escribir y protagonizar lo que rápidamente se convertiría en un hito del cine deportivo. Es decir, un bonito homenaje a los inicios de Stallone, si no fuera porque Sly, que es como lo apodan, no ha tenido ni voz ni voto en el proceso. O por lo menos eso asegura él.
“Me chocó mucho la noticia. No tengo nada que ver. Como lo viví en mis carnes, pensé que tal vez podría participar”, reconocía hace meses en la revista The Playlist. El intérprete, en cambio, prepara su propio homenaje con la publicación de sus memorias, en las que cuenta su versión de la historia —en España saldrán el 8 de octubre con el título de Los escalones, de la mano de Plaza y Janés—. Sin embargo, Peter Farrelly, director de I Play Rocky, confesó al mismo medio que Stallone sí que había dado luz verde al proyecto y que tal vez se había olvidado de ello por estar centrado en su libro.

Este embrollo podría achacarse a la batalla que Stallone libra desde hace años por los derechos de la saga del boxeador, que, pese a haberla creado y escrito él mismo, siguen perteneciendo al productor Irwin Winkler. Pero el conflicto es mucho más profundo. Entre el culturista descerebrado y el escritor sensible obsesionado con Edgar Allan Poe, lleva toda su vida peleándose contra su imagen pública y su pasado. Al fin y al cabo, su carrera no ha sido más que una batalla constante por reescribir su propia historia.
El semental italiano
Desde bien pequeño tuvo que empezar por lo más duro: convencerse de que su vida tenía sentido. Y no fue nada fácil. Su madre, Jackie, una corista que acabaría convertida en astróloga y personaje televisivo, le recordaba a diario sus intentos de aborto fallidos. “Me decía: ‘El único motivo por el que estás aquí es porque la percha no funcionó”, confesaba el actor hace años en Unwaxed, el podcast de dos de sus tres hijas, Sophia y Sistine. De hecho, se negó a aceptar su embarazo y nunca dejó de ir en autobús; y fue en uno de esos trayectos donde se puso de parto. Las prisas del imprevisto y el mal uso de un fórceps dejaron a Stallone con parte de los labios, la lengua y las mejillas paralizados de por vida.
En el futuro, ese rostro impertérrito y esa forma de hablar arrastrada, consecuencia de su nacimiento, acabarían convirtiéndolo en una estrella única. Pero de pequeño no le traían más que problemas. En el conflictivo barrio de Hell’s Kitchen de Nueva York era una diana para las burlas de otros niños, pero en su casa era una diana para las palizas de su padre, Frank Stallone, un inmigrante italiano dedicado a la peluquería. “Los niños son como arcilla. Los moldeas, los marcas, los hieres y ya nunca vuelven a tener la misma forma”, reconocía el actor en una entrevista reciente en la cadena CBS.
Sus padres se pasaban el día discutiendo, y tras el divorcio le tocó quedarse con su padre. Sly se rebeló entonces contra todo, pasó por 13 colegios en 12 años y hasta acabó en una academia militar. Pero dentro de ese torbellino encontró una salvación. El cine, en general, y el Hércules (1958) de Steve Reeves, en particular, le abrieron las puertas a un mundo donde no todo tenía por qué acabar mal. Decidió que quería quedarse a vivir allí.
Volvió a Nueva York para probar suerte como actor, pero con su cara solo le contrataban para hacer de extra, siempre en el papel de matón, o en las diminutas obras del Off-Off-Broadway, donde buscaban actores dispuestos a desnudarse. Acabó durmiendo en portales y estaciones de autobuses y fue entonces cuando le ofrecieron la oportunidad que cambiaría su carrera. Para mal. La precariedad le obligó a aceptar un papel en una película porno que luego relanzaron con el apodo de Rocky: El semental italiano. “Era eso o acabar robando. Así que la hice, gané 200 dólares en dos días y conseguí salir de la estación de bus”, declaró en el pasado para la revista Playboy.

Una vez tocó fondo, descubrió que, si el sistema no tenía un hueco para él, se lo tendría que construir él mismo. Subsistió con distintos trabajos y decidió teñir de negro las ventanas de su apartamento para concentrarse en escribir hasta 16 guiones. Entre ellos estaba Rocky, una historia creada en solo tres días, e inspirada en el combate real entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, que convertía al protagonista en todo un símbolo para los marginados y los perdedores, como el propio Stallone. El guion interesó a los estudios, pero no querían que lo protagonizara él. Le llegaron a ofrecer más de 300.000 dólares y, aunque necesitaba dinero —había vendido incluso a su perro Butkus—, se negó a que otro encarnase al personaje que se había diseñado a medida.
Al final lo consiguió. Su cara y la del propio Butkus, que recuperó e incluyó en la cinta, no tardaron en proyectarse en cines de medio mundo. Rocky ganó el Oscar a mejor película en 1977 y Stallone había conseguido todo lo que había soñado. O eso pensaba, porque para entonces ya había quedado atado a un personaje y a la imagen que el mundo se había formado de él. Lo descubrió en una recepción en la Casa Blanca mientras le daba la mano a tres presidentes del país: Gerald Ford, Ronald Reagan y Jimmy Carter. Ninguno le llamó por su nombre, para ellos era simplemente “Rocky”. “Me sentía atrapado en la imagen de Rocky. Pensaba: ‘¿Es que no se dan cuenta de que no soy un hombre autoritario?’. Pero la gente se imaginaba que yo era un neandertal en mi vida privada, como si en realidad fuera Rocky y ese fuera el único papel que supiera interpretar”, explicaba en la revista Rolling Stone. Intentó separarse del personaje con otras películas como La cocina del infierno (1978), pero no terminaron de funcionar. “Recibí las peores críticas desde Hitler”, contaba a la misma publicación.
Mientras llenaba las portadas de todos los tabloides con sus escarceos amorosos, lo único que le permitía volver a conectar con el público eran las secuelas de Rocky. Hasta que llegó John Rambo, claro. En Acorralado (1982) utilizó a un veterano de guerra para volver a volcar todas sus frustraciones personales. “El personaje tiene una ferocidad que me impresiona hasta a mí. Mi padre era el Rambo de la vida real, con él siempre había un ultimátum físico”, confesaba el actor en Sly, su documental en Netflix de hace unos años. Fue otro éxito, pero, como se dice, el remedio fue casi peor que la enfermedad. El personaje terminó encasillándolo aún más como héroe de acción y arrastrándolo a una competición que terminaría con su carrera.
Una especie en extinción
Era 1982, se acababa de estrenar Conan el Bárbaro y las comparaciones con Arnold Schwarzenegger eran inevitables. La década de los ochenta se convirtió así en una batalla encarnizada por ver cuál de los dos sacaba el cuchillo, fusil o machete más grande, y Stallone estiró, hasta convertir en caricaturas, sus dos sagas. Rambo, que había nacido como un icono de la contracultura crítico con el Ejército, acabó convertido en el máximo exponente del patriotismo de la época Reagan.
Sin embargo, fue una comedia, ¡Alto! o mi madre dispara, la que puso el último clavo en su ataúd. Su némesis había triunfado en este género y Stallone lo intentó sin suerte varias veces en los noventa. Perdió entonces a sus representantes. “Se creó este relato de que yo ya había tenido mi momento y que me iba a extinguir como el dodo o el tigre de Tasmania”, confesaba a la revista Variety. Y en parte fue cierto. Aunque con mucho más dinero y reconocimiento, volvía a encontrarse en la misma situación de 20 años atrás: tenía que abrirse un hueco para una industria que se negaba a aceptarlo. Se apartó unos años y no fue hasta bien entrado el siglo XXI que regresó con Los mercenarios. La idea se le ocurrió en un concierto de viejas leyendas del rock. Allí recuperó la ilusión por escribir una historia capaz de reunir a las grandes estrellas del cine de acción de los años ochenta y noventa que, como él, habían sido olvidados. Entre ellos tenía que estar el mismísimo Schwarzenegger, con el que, al fin, celebraba una paz que, en realidad, habían firmado muchos años antes.

Después de cumplir los sesenta, tuvo que pasar por la traumática muerte, en julio de 2012, de su hijo Sage, que había aparecido en Rocky V, y desde entonces afrontó su paso a la tercera edad como solo él sabe: luchando una y mil veces contra lo que se espera de él. En los últimos años se ha acercado al presidente Donald Trump, que incluso lo ha nombrado “embajador en Hollywood”, pese a que durante toda su carrera ha insistido en mantenerse al margen de la política.

Con The Family Stallone, un reality de Paramount al más puro estilo de Las Kardashian —con momentos tan surrealistas como el actor invitando al papa Francisco a hacer sparring durante su encuentro en mayo de 2024—, quiso dejar constancia del gran cambio que había vivido en relación con su familia y con su tercera mujer, Jennifer Flavin, a pesar de que en aquel momento estuvieran a punto de divorciarse. Y, aunque haya anunciado en múltiples ocasiones la despedida final de sus dos alter ego, Rocky y Rambo, aún se resiste a dejarlos ir. Al fin y al cabo, su papel en Creed, secuela del mítico boxeador, le valió su última nominación al Oscar.
¿Serán sus memorias el punto final definitivo? A juzgar por lo que confesaba hace tiempo en su documental en Netflix, no parece nada probable: “La gente me dice: ‘Te sientes vacío, de pequeño nunca te apoyaron’. Y yo creo que es verdad. Puede que ese apoyo lo saque del amor y el respeto de los desconocidos. Sentirse acogido y querido por el público es algo insaciable. Ojalá pudiera superarlo, pero no soy capaz”.
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