El anuncio del líder ucraniano en la ONU sobre el traslado de dos soldados norcoreanos capturados en Kursk expone cómo la alianza militar entre Kim Jong-un y Putin ya sacude la seguridad de la Península de Corea Leer El anuncio del líder ucraniano en la ONU sobre el traslado de dos soldados norcoreanos capturados en Kursk expone cómo la alianza militar entre Kim Jong-un y Putin ya sacude la seguridad de la Península de Corea Leer
La guerra de Ucrania ha vuelto a asomarse esta semana a la Península coreana por una puerta inesperada: no la de los misiles ni la de los trenes cargados de munición que cruzan desde Corea del Norte hacia Rusia, sino la de dos soldados norcoreanos que sobrevivieron al frente de Kursk y acabaron trasladados en silencio a Corea del Sur. El silencio duró hasta que Volodimir Zelenski decidió romperlo ayer en la tribuna de Naciones Unidas.
«Recientemente, enviamos a dos prisioneros de guerra norcoreanos a la República de Corea», anunció el presidente ucraniano ante la Asamblea General de la ONU. Después añadió una frase destinada a subrayar la brutalidad del despliegue de Pyongyang en apoyo de Moscú: «No es fácil capturar vivos a estos individuos». Uno de ellos, dijo, intentó suicidarse al comprender que iba a caer prisionero. Zelenski acusó al régimen de Kim Jong-un de utilizar a sus soldados como «moneda» para obtener algo a cambio de Vladimir Putin.
La denuncia buscaba reforzar el mensaje de Kiev ante un mundo fatigado por la guerra: Rusia ya no combate sola y Corea del Norte ha convertido el frente ucraniano en un campo de pruebas para sus tropas, sus misiles y sus drones. Pero en Seúl el anuncio cayó como un jarro de agua fría.
El presidente surcoreano, Lee Jae-myung, respondió en X con una mezcla de enfado y desconcierto. «No sé por qué la parte ucraniana rompió el acuerdo e hizo público el asunto, pero es muy decepcionante», escribió. Según Lee, ambos gobiernos habían pactado mantener la operación en secreto porque el traslado era un asunto «sumamente delicado» para la seguridad de la península.
El mosqueo no era solo protocolario. Según la Constitución surcoreana, todos los coreanos de la Península, incluidos los nacidos bajo el régimen de Pyongyang, son ciudadanos de la República de Corea. Eso permite a cualquier soldado norcoreano capturado en Ucrania acogerse a protección si expresa libremente su deseo de no regresar al Norte.
Pero también convierte cada caso en una bomba diplomática: si Pyongyang identifica a los soldados, sus familias pueden sufrir represalias; si Moscú exige explicaciones, el asunto se enreda con la cooperación militar ruso-norcoreana; y si la oposición surcoreana descubre el traslado por boca de un líder extranjero, el Gobierno queda expuesto por haber gestionado en secreto un expediente de alto voltaje.
La oficina de Zelenski intentó rebajar el golpe. Su asesor Dmytro Lytvyn explicó que Ucrania es «un país abierto» y que habría resultado extraño entregar a los soldados en secreto. La explicación no convenció en Seúl, donde la discreción no se entiende como un gesto burocrático, sino como una herramienta de seguridad nacional.
Los dos soldados habían sido capturados en enero de 2025 en la región rusa de Kursk, donde las fuerzas norcoreanas ayudaron a Moscú a contener la incursión ucraniana. Según estimaciones de Ucrania, Corea del Sur y varios servicios occidentales, Pyongyang ha enviado desde 2024 alrededor de 14.000 o 15.000 militares a Rusia. Algunos cálculos elevan a miles las bajas sufridas por esas unidades, entrenadas para obedecer hasta la muerte y lanzadas a una guerra que muchos ni siquiera sabían que iban a combatir.
El pacto entre Kim y Putin ha ido mucho más allá del simbolismo. Corea del Norte ha proporcionado a Rusia millones de proyectiles de artillería, misiles balísticos y apoyo humano en el frente. A cambio, Pyongyang recibe alimentos, combustible, dinero y asistencia tecnológica para mejorar sus programas de misiles, submarinos, satélites y drones.
Ucrania se ha convertido así en una escuela militar para el régimen más hermético del mundo: sus soldados aprenden a combatir bajo drones, artillería de precisión y guerra electrónica.
Por eso la bronca de Seúl con Zelenski llega en un momento especialmente sensible. Corea del Norte confirmó este viernes, a través de la agencia estatal KCNA, que Corea del Sur se convertiría en un «objetivo decisivo» de una «represalia colectiva» si desempeña un papel central en un sistema de defensa colectiva liderado por Estados Unidos.
La amenaza fue formulada por Kang Chol-su, director de departamento del Instituto de Estudios sobre Estados Enemigos, que acusó a Washington de convertir a su aliado surcoreano en una base para perseguir la hegemonía mundial y desplegar primero sus fuerzas en conflictos en el extranjero.
El comentario de KCNA citaba unas declaraciones del comandante de las fuerzas estadounidenses en Corea, que presentó al Sur como un centro clave de la defensa colectiva, y cargaba contra los ejercicios militares conjuntos y los despliegues de Washington.
EEUU mantiene unos 28.500 soldados en Corea del Sur para disuadir una agresión del Norte. Para Pyongyang, cualquier ampliación del papel de Seúl dentro de la arquitectura militar estadounidense alimenta su relato de cerco. Para Seúl, cada amenaza confirma la necesidad de seguir bajo el paraguas norteamericano.
El episodio deja al Gobierno de Lee atrapado entre varias presiones. Quiere ayudar a Ucrania sin aparecer como parte directa del frente contra Rusia. Quiere proteger a los soldados norcoreanos sin convertirlos en trofeos políticos. Y quiere rebajar la tensión con Pyongyang, pero depende de la disuasión estadounidense ante un Norte más armado, más nuclear y ahora también curtido en una guerra europea.
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