Dos puentes (uno ruso y otro chino) para romper el aislamiento de Kim Jong-un

Tras 12 años de retraso, Pekín inaugura un nuevo paso fronterizo con Corea del Norte apenas un mes después de que Pyongyang estrenara otro con Rusia Leer Tras 12 años de retraso, Pekín inaugura un nuevo paso fronterizo con Corea del Norte apenas un mes después de que Pyongyang estrenara otro con Rusia Leer  

Los primeros camiones norcoreanos cruzaron el río engalanados con banderas rojas. En la otra orilla, decenas de ciudadanos chinos se agolpaban para fotografiar una escena que llevaban 12 años esperando. Los vehículos avanzaban lentamente sobre una gigantesca estructura de acero y hormigón de tres kilómetros, levantada para unir dos países que durante más de una década habían sido incapaces de ponerse de acuerdo para abrirla. El puente estaba construido, pero no llevaba a ninguna parte. Hasta este jueves.

China y Corea del Norte han inaugurado finalmente el Nuevo Puente del Río Yalu, una infraestructura de cuatro carriles que conecta Dandong, ciudad industrial del noreste chino, con Sinuiju, la principal puerta comercial del hermético régimen de Kim Jong-un.

La obra estaba llamada a convertirse en la gran arteria económica entre Pekín y Pyongyang. En su lugar, terminó transformándose en un monumento a las desconfianzas entre dos viejos aliados comunistas que se necesitan tanto como recelan el uno del otro.

Los ingenieros chinos terminaron el puente en 2014. Al otro lado del río, los norcoreanos dejaron sin construir las carreteras de acceso y las instalaciones aduaneras. Nunca hubo una explicación oficial convincente para semejante parálisis. Durante años, aquella mole de hormigón permaneció suspendida sobre las aguas del Yalu como una metáfora de una relación bilateral atrapada entre la dependencia económica, las sanciones internacionales y los caprichos políticos de Kim.

Ahora, el puente se ha abierto. Y el momento no es casual. El pasado 7 de septiembre, Corea del Norte inauguró otro paso fronterizo, esta vez sobre el río Tumen, que la conecta con Rusia. Dos puentes en apenas cinco semanas. Dos corredores comerciales hacia los dos grandes protectores de una dictadura sometida a durísimas sanciones internacionales.

Pero también dos símbolos de una nueva realidad geopolítica: mientras Vladimir Putin estrecha su alianza militar con Kim, Xi Jinping intenta recuperar terreno para evitar que Moscú monopolice la influencia sobre su incómodo vecino.

El puente ruso, de un kilómetro de longitud y dos carriles, conecta Khasan, en el extremo oriental de Rusia, con la región norcoreana de Rason. Es el primer enlace por carretera entre ambos países, que hasta ahora dependían de una conexión ferroviaria para el transporte terrestre directo.

Esa infraestructura lleva el nombre de Yakov Novichenko, un soldado soviético al que Pyongyang atribuye haber salvado la vida del fundador de Corea del Norte, Kim Il-sung, durante un atentado en 1946. Un homenaje histórico que resume la nueva fraternidad entre dos regímenes unidos por su enfrentamiento con Occidente.

Durante décadas, el principal vínculo terrestre entre China y Corea del Norte ha sido un viejo puente construido en 1937, durante la ocupación japonesa de la península. Por su estrecha calzada de un solo carril ha circulado buena parte de las mercancías que mantienen a flote la economía norcoreana.

El nuevo enlace multiplica la capacidad logística y promete aliviar uno de los principales cuellos de botella de un comercio del que depende la supervivencia económica del régimen. Facilitará la circulación de alimentos, maquinaria y otros productos autorizados, aunque no eliminará las restricciones internacionales que pesan sobre Pyongyang.

Para entender por qué una infraestructura terminada hace 12 años ha permanecido cerrada hasta ahora hay que retroceder a los momentos más tensos de la relación entre los vecinos asiáticos (aunque, en público, nunca desnudaron el distanciamiento).

Pekín, irritado por las pruebas nucleares y los lanzamientos de misiles norcoreanos, respaldó las sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra Kim. Pyongyang respondió con una mezcla de desafío y distanciamiento. Después llegó la pandemia, cuando los norcoreanos sellaron sus fronteras.

Pero la invasión rusa de Ucrania alteró el equilibrio regional. Kim encontró en Putin un aliado dispuesto a ofrecerle respaldo político, cooperación militar y suministros estratégicos a cambio de armamento y soldados norcoreanos desplegados junto a las tropas rusas. La relación culminó en junio de 2024 con la firma de un tratado de asociación estratégica que incluye compromisos de asistencia militar mutua. Moscú, necesitado de aliados para sostener su guerra, se convirtió en el principal protector de Pyongyang.

Este acercamiento no pasó inadvertido en Pekín. Durante décadas, China había ejercido una influencia económica prácticamente exclusiva sobre su pequeño vecino comunista. El gigante asiático sigue siendo su principal sostén comercial, pero Rusia ha ganado un peso militar y diplomático que amenaza con alterar el reparto tradicional de influencias en la península coreana.

Xi Jinping ha respondido ahora recuperando una diplomacia de alto nivel que parecía congelada. En septiembre de 2025, Kim viajó a Pekín para asistir al gran desfile militar organizado por el líder chino, donde coincidió con Putin. En junio de este año, Xi devolvió la visita desplazándose a Pyongyang, escenificando la reconciliación con su vecino.

Meses antes, en marzo, se habían restablecido los trenes de pasajeros entre ambas capitales tras seis años de suspensión. Air China también recuperó sus vuelos directos. La inauguración del nuevo puente completa ahora una secuencia de gestos diplomáticos, comerciales y políticos.

Los analistas de la vecina Corea del Sur que siguen habitualmente la actualidad norcoreana señalan estos días que los dos nuevos puentes representan para Kim una oportunidad para diversificar sus apoyos sin perder el control.

China ofrece el tamaño de su mercado y una capacidad económica que Moscú difícilmente puede igualar. Rusia proporciona una cooperación militar especialmente valiosa para un régimen que ha convertido su arsenal nuclear en la principal garantía de supervivencia.

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